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lunes, 5 de diciembre de 2016

Las telas de la discordia

   Fue a mediados del siglo XVIII.
   Por aquel entonces la villa de Zarza la Mayor gozaba del reconocimiento general.
  Habíase instalado en ella un proyecto fabril de enorme interés: la manufacturación de tejidos, especialmente los confeccionados con hilos de seda.
   Los telares tenían gran actividad, dando trabajo no sólo a los vecinos de la localidad, sino también a un numeroso grupo de artesanos textiles procedentes de distintos puntos de la geografía penínsular. Y, puede decirse que quien no laboraba de forma directa con las telas, lo hacía indirectamente, proporcionando material y servicios a la masa obrera de la fábrica. En definitiva, la mayor parte de la sociedad zarceña vivía a expensas de aquel producto ilustrado que se denominaba Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura.
   Su historia particular comenzó años antes, casí a comienzos de la centuria, una vez que los fatídicos tiempos de la Guerra de Sucesión quedaron atrás, y los zarceños se afanaron en devolver la grandeza a sus hogares y pueblo común.
  Zarza había sido destruída por el ejércio enemigo durante el mes de mayo de 1705, por cuya causa estuvo deshabitada hasta 1713, cuando sus antiguos moradores empezaron a regresar para levantar de nuevo lo que antaño les había sido arrebatado por el ímpetú violento de la guerra.
  Bastaron pocas anualidades para que se notará el progresivo avance a mejor. Las gentes, aprovechando su cercanía a Portugal, y los buenos tratos que desde siempre habían mantenido con los lusos, crearon un incipiente intercambio de mercancías, dando lugar a que, para canalizar todos sus beneficios en pro de la Hacienda Pública, se ubicará una Real Aduana en la villa. Oficina de control, receptora de grandes cantidades económicas procedentes de los impuestos que se cobraban a las mercancías que transitaban de un lado a otro de la frontera zarceña con Portugal.
  Así, en el año 1720, el producto total de las rentas generadas por la Aduana se valoró en 718.283 maravedíes; y en 1740 se incrementó hasta alcanzar 1.194.380 maravedies. Sólo había un puesto fronterizo capaz de generar mayor saldo: el situado en Badajoz.
  Las autoridades pronto vieron la necesidad de aprovechar semejante filón. Y fue un grupo de mercaderes zarceños, precisamente los mismos que habían logrado aquel milagro financiero, los impulsores del proyecto que, más tarde, se materializaría en la fundación de la citada Real Compañía de Comercio.
  Concedidas las oportunas Ordenanzas y Privilegios para su establecimiento y administración, fue durante el mes de mayo de 1749 cuando se inicio la vida de tan prestigiosa entidad fabril.
   Zarza la Mayor conoció entonces un resurgir aún mayor del que ya venía notándose. Comenzaron a llegar personas en busca de trabajo, y otras tantas a ofrecer sus servicios a los nuevos empleados de la Real Compañía. Los censos demográficos crecieron notablemente. Hasta en los hogares más numerosos, no había miembro que conociera la inestabilidad laboral.
   Un tiempo que dibujaba un futuro esperanzador.
  Pero era un proyecto industrial con visos de modernidad, que rapidamente choco con las tradicciones seculares de buena parte de la población. A pesar de contar con muchos apoyos, incluso desde las altas esferas, como el caso del soberano matrimonio Fernando VI & Bárbara de Braganza, también existía una enorme masa vecinal que no vio con buenos ojos los cambios que traía consigo el proyecto empresarial.
   Acatar sus órdenes y formas de administración, significaba para muchos dar un paso atrás en sus aspiraciones particulares, las cuales habían ido viento en popa hasta poco antes de que los manufactureros textiles se instalaran en el pueblo. Comerciar estaba bien, pero ellos preferían hacerlo a la usanza antigua: con pequeños tratos, en grupos reducidos de comerciantes, dónde el tráfico legal de mercancías convivía sin apenas miedo con los deslices ilegales de productos. Eso era lo fundamental, lo que a ellos les había proporcionado su status y riqueza, lejos de los grandes contratos y produciones fabriles, siempre bajo férreo control del gobierno estatal.
  El contrabando, el meollo de la cuestión.
  Pero también la falta de preparación, de logística, de buenas prácticas, de visión empresarial, de futuro emprendedor, de mirar por el bien común.
  Y por ahí comenzaron a deshilarse aquellos dorados tejidos que, durante unos años, habían venido aportando nuevos aires a Zarza la Mayor y sus habitantes.
  Unos no querían que aquello fuera a más y prosperase; otros que, teniendo responsabilidades para que fuera un éxito, no supieron, o no quisieron, colaborar para cumplir tan loable objetivo; y un reducido grupo que, con artimañas, tejió el mal que, finalmente, dio al traste con todos los sueños.
  Ladrones, cuatreros, contrabandistas, gentes oscuras dedicadas a sus empeños personales, fueron la base que hizo caer todo el edificio empresarial.
  Desviando mercancias al control aduanero y de los propios administradores de la Real Compañía, colaron los números rojos en las cuentas anuales que se debían rendir a los asociados de la fábrica textil. Surgieron las protestas, y de ahí un paso a las investigaciones. Se descubrieron entonces muchos errores. Algunos inocentes, pero otros lo suficientemente calculados. La bomba de relojería explotó ante la incredulidad de aquellos que soñaban con que la fábrica sería el pilar para el futuro de sus familias, descendientes y, en general, el beneficio y crecimiento del pueblo.
  Poco más de diez años duró aquella fantasía. Unos lo celebraron a lo grande pues, no en vano, con la caída del gigante se aseguraban su forma de vivir la vida; otros lloraron a escondidas la oportunidad perdida de poder cambiar y progresar.
  Contrabando, mala administración, intereses ocultos. Toda una tupida red negativa.
  Hoy nos queda el recuerdo de algunos edificíos y lugares que antaño fueron centros de vida y actividad; y un voluminoso montón de papeles viejos, amarillentos, dónde la pena de unos y la alegría de otros quedo marcada para la eternidad.

martes, 11 de octubre de 2016

De papeles y héroes olvidados

   El año 1928 fue muy interesante en la vida sociocultural zarceña. Entre otras muchas de las actividades que se celebraron, cabe destacar la publicación de la primera monografía, rescatando datos sobre el pasado local. Llevaba por título Zarza la Mayor: Impresiones y recuerdos, siendo sus autores don Antonio del Solar y Taboada, y don Marcelo López de Alba, dos personajes clave de la sociedad zarceña de comienzos del siglo XX: el primero, uno de los grandes propietarios; y el segundo, miembro del clero. Ambos, eruditos locales, el arquetipo intelectual de aquellos tiempos.
    Trabajo de cortas aspiraciones, si bien imbuido del espíritu regeneracionista que tanto éxito tenía entonces. Escaso de crítica, dejándose llevar numerosas veces por antiguos cronicones, valorando más lo etnográfico que lo histórico..., enfin, son varias las particularidades que podríamos exponer acerca de aquel librito. En cualquier caso, una obra que sentó precedente, convirtiéndose en un mito para las generaciones futuras, sobre todo porque hubo de transcurrir un largo periodo de tiempo para ver aparecer en el mercado una nueva referencía bibliográfica. Hasta el año 1996.
    Dejando atrás la revisión del texto y sus formas, sí es destacable que para la redacción del mismo, tuvieron sus autores la oportunidad de consultar documentos que actualmente han desaparecido o cuyo paradero es desconocido. Con el buen tino de transcribir alguno para que formará parte de un curioso Apéndice Documental, tenemos la fortuna de acceder hoy a parte de esos interesantes papeles. Sin duda, el logro principal del tandem Solar/López. Pero no fueron todos los que corrieron aquella loable elección.
    Según lo anterior, es una enorme suerte que, de tiempo en tiempo, un ejemplar solitario de esos olvidados legajos salga a la luz. Merecido premio a una búsqueda intensa. Unas veces custodiado en el rincón más oscuro y apartado del viejo archivo; otras, al final de un estante de biblioteca en continuo desuso; y, curiosamente, las más de las ocasiones, apareciendo en domicilios particulares a dónde, quién sabe cómo y cuando llegaron en su día, abandonando al resto de compañeros.
    A un caso concreto de hallazgo hemos tenido ocasión de ser testigos. Renacimiento. << Esos papeles perdidos >> Documento que se presenta en esta entrada.
    Fechado a 24 de febrero de 1824,  fue transcrito por don Antonio y don Marcelo, insertándolo en el Apéndice nº 3 del libro referenciado, pp. 93-94.
    Memorial firmado por varios zarceños, la gran mayoría solteros, quienes habían participado como soldados en la Guerra de la Independencia, formando parte de los batallones de voluntarios que lucharon contra el invasor francés.
   Finalizada la contienda, algunos años después se quiso premiar a aquellos esforzados patriotas, asegurándoles el poder adquirir tierras que, hasta entonces, habían pertenecido al común de la villa.
   El hambre de terrenos agrícolas era ya una realidad muy evidente por aquellos años de comienzos del siglo XIX, así que la oportunidad que brindaba el Estado a los militares veteranos, fue rápidamente aprovechada por éstos, aparte de otro numeroso grupo de vecinos, que también tenían derecho al reparto.
   Los terrenos que se sacaron a sorteo fueron, principalmente, los que se hallaban en la zona llamaba El Barrero, así como un pedazo de tierra concejil labrantía cercano al popular paraje de la Cruz de Salvatierra.
   Como indica el documento, gracias a las firmas estampadas, conocemos los nombres de muchos de aquellos zarceños que lograron sus propósitos. Apellidos que, en buena parte, aún se conservan actualmente; en cambio otros han desaparecido.
   Removiendo papeles y cotejando unos con otros, hemos conseguido identificar a casi todos ellos, poniéndolos en relación, siguiendo la genealogía, con familias que hoy residen en Zarza la Mayor.
   La fotografía refleja el trabajo investigador realizado. Nos ofrece copia del documento transcrito. Pero también incluye imagen del original.
   Y, para los curiosos, en cuanto a los nombres, aquí van tan sólo algunos, debidamente comprobados y con su grafía completa. Quizás haya quien se reconozca.

  Cosme Victorio Damián Soto Cotanda; Antonio de Quiroga y Soler; Higinio Montero Gutiérrez; Juan José Méndez Morán; Pedro Elías Prieto Carretero; Valeriano Blas Caro Pérez; Tomás José Moreno Hernández; Casimiro Benigno Alfonso Caldera; Eugenio José Pérez Dotor “el Colombo”; Juan Bofill y Bofill.
 
 

domingo, 1 de mayo de 2016

1644. In memoriam


           Aquel 18 de mayo del 1644, fue miércoles. Tiempos de guerra fatal para la memoria. La <<Restauraçao>> lusitana caminaba ya por su cuarto año, y en muchos lugares y pueblos de la raya divisoria se vislumbraban síntomas de cansancio entre sus habitantes, ante el rigor de una vida en continuo estado de alarma.

            Por términos de la fronteriza Zarza la Mayor, aquellas cuatro anualiadades habían sembrado odio y miedo. Y ahora comenzaban a ofrecer el amargo fruto de la venganza.
 
            El sol salió, como era costumbre, apretando sobre los campos zarceños, que sólo un día antes se habían teñido de rojo, bañados con la sangre de buen número de vecinos, caídos mortalmente tras sostener brutal combate mientras trataban de defenderse de un sorpresivo ataque portugués.

            Tan singular pelea se había iniciado al alba, y únicamente vino a termino con las postreras luces del atardecer.

            Los de la Zarza, gente valiente y esforzada, no se doblegaron al ímpetu acosador de los enemigos. Uniendo voluntades, lograron expulsar de la plaza al rival. Fue una jornada épica, cuyo relato, con el paso del tiempo, se tornaría en leyenda.

            Celebrando la dulce victoria, aplaudiendo a los héroes locales: Garrido, De Sande, Aguilar, López Dorado, y tantos otros, vivían los zarceños aquel mediodía, según glosaba el cantar <<... Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor... >>.

            La Plaza Mayor era un hervidero de alegrías, dónde cánticos, salves, y vivas se mezclaban con orgullo patrio local. Se contaban mil historias. Todos tenían algo que decir sobre lo ocurrido apenas veinticuatro horas antes.

            Como es sabido que el contento dura poco en casa del pobre, tan animado en su suerte andaba el paisanaje que, dados al bullicioso placer, perdieron la lógica en un instante.

            Bastó un sonido lejano, cuyo eco resonó atronador en el pueblo. Y de inmediato el caos. No hubo preguntas, solamente confusión, desorden y mucho, mucho temor.

            Las prisas se hicieron dueñas del escenario. Cada cual tomo el camino de su propia salvación.

            Aún así, en pleno desconcierto, todos confluían en un mismo lugar: la torre de la iglesia, el fortín irreductible. Allí seguro que estarían a salvo.

            Pero, hete aquí, que, cuándo más de media Zarza se recogía al interior del magnífico bastión, un leve chispazo, salido de quién sabe dónde, fue a detenerse junto a un rincón en el que se apilaban buena parte de los pertrechos militares. Nada menos que veinticinco arrobas de gruesa pólvora.

            Sin tiempo para reaccionar, aquello explotó como un gigantesco castillo de fuegos artificiales.

            ¡¡ Qué imagen tan cruel y sanguinolenta !! La clara luz del sol se tornó en oscuras tinieblas.

            Abatida desde su sólida base, la colosal torre se desplomó con suma facilidad en un abrir y cerrar de ojos, llevándose consigo a todos los zarceños que guarnecía en su panza. Niños, mujeres, ancianos los más. Las lenguas dijeron después, al contabilizar los muertos, que sobrepasaban las 350 personas.

            La misma plaza, dónde antes manaban risas y bailes, ahora se inundaba de lágrimas, cuitos y ayes. Un verdadero desastre.
 
            Sí. Aquel nefasto 18 de mayo fue miércoles. Y su huella aún perdura, imborrable, en la memoria histórica zarceña.

IMAGEN: restos de la desaparecida torre de la iglesia parroquial zarceña, que también servía de atalaya-vigía y almacén militar.
 

martes, 2 de febrero de 2016

La nobleza de las piedras

            Prácticamente han pasado desapercibidos ante la monótona mirada de los vecinos; e incluso la de esos curiosos visitantes que escudriñan con atención cualquier detalle de los que, por norma, suelen escaparse al resto de profanos.
            Los escudos que aún se conservan en las fachadas de un numeroso grupo de edificios, son un tesoro patrimonial muy interesante, descubriendo la variedad y riqueza del pasado histórico zarceño.
            Aquí, en este breve artículo, se recogen, únicamente, algunos de esos blasones. Quedan por incluir los que, en su día, representaron a familias de rancio abolengo, como Alemán, Hurtado, Andrade, Agudelo... Hoy, por infortunio, desaparecidos, pero todavía recordados.
            Desde luego, en la nómina de piedra también dejamos hueco para la insignia Municipal, por cierto, de reciente aprobación, sustituyendo a otra pieza que, curiosamente, tampoco hizo honor al fundacional de la villa, del que ya ni memoria queda.
            En cualquier caso, entre todos sumaron un conjunto heráldico que llegó alcanzar la veintena de ejemplares.
            Lamentablemente, como se puede apreciar en la imagen que acompaña al final del texto, la mayoría están muy borrados en la actualidad. No se destacan sus rasgos y elementos originales. En unos el discurrir del tiempo fue causa de tal deterioro; pero, en otros, la mano del hombre provocó pérdidas irreparables en sus nobles formas.
            Ojala, con esta semblanza heráldica, podamos contribuir, sino a recuperarlos, sí, al menos, para que no continúen ocultos en el olvido, esperando que, algún día, vuelvan a dar lustre a los edificios dónde antaño lucieron.
            Conozcámoslos en más detalle.
1.            Fachada de la ermita de San Juan Apóstol: águila, rodeada del cordón de San Francisco. El ave era emblema central en el escudo de la familia Sande, uno de cuyos miembros mandó construir el eremitorio citado, dejando el sello de su patronazgo en el blasón. Por cierto, quien así lo ordenó se llamaba, como no podía ser de otro modo, Juan.
2.            Casa-solar de la familia SANDE. Edificio anexo a la capilla mencionada. El águila vuelve a aparecer como figura esencial. Fueron los Sande zarceños el linaje más emblemático. Este blasón, representativo de su papel oligárquico, fue tallado, al igual que el del eremitorio adjunto, a finales del siglo XVII.
3.            Fachada de la Real Fábrica de Sedas, sede para la Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura, creada el año 1749 a iniciativa de un grupo de comerciantes zarceños, y con patrocinio de la corona española. Por este motivo el escudo Real campea sobre la puerta primera de semejante construcción. En la fachada posterior del edificio, luce otro armorial similar.
4.            Casa-solar de los BORRELLAS, engrandecida con el escudo de uno de sus miembros más destacados, Bartolomé Hernández Borrellas, quien recibiera título de Inquisidor. Regente que fue de un importantísimo legado patrimonial, heredado de sus mayores; pero, también, como era costumbre, por vía de su matrimonio con María de Sande Sánchez “la Prieta”, de noble estirpe local. Unión de sangre azul en tiempos de guerras.
5.            Casa-solar de la familia MONTERO, apellido común en Zarza la Mayor, una de cuyas ramas con mayor solera engendro a nobles varones, poseedores de tierras, ganados, casas y otros bienes en término zarceño, e incluso más allá de los límites comarcales. Valentía militar aportada por el célebre capitán Polán. Carabina y espada.
6.            Casa-solar de Diego Morán González, más conocido entre sus vecinos como Diego Morán Jérez Zango “el Menor”, para diferenciarlo de su progenitor. El hijo heredó el mayorazgo de su ascendencia paterna, añadiéndole el título de alcalde y, por si fuera poco, también el de Familiar de la Santa Inquisición. Los MORAN, desde siempre presentes.
7.            Escudo Municipal, ya abolido, pero conservando el elemento preferencial que simboliza la génesis del pueblo: una zarza ardiendo, acompañada por sendas cruces de la Orden de Alcántara. Aquí, en la piedra, todo es historia grande.
8.            Casa-solar de Diego Morán Jérez “el Mayor”, cabeza de comerciantes zarceños, e impulsor, junto con otros, de ilusionante proyecto fabril para la manufacturación de la seda. El sonido del dinero le aupó a la élite. Y dejo su firma en el granito cincelado.
9.            Casa-solar de los CACERES, ostentando el blasón que ordenara labrar Andrés Hernández de Cáceres y Obregón. Curiosamente, este escudo ya no es visible, pues los actuales dueños del edificio lo retiraron de su ubicación original. Un tesoro más que se pierde.
10.        Palacio de la Encomienda, con sus tres emblemas principales. En medio, el único que conserva su factura originaria: el escudo Real. Y una ilustrativa leyenda <<…Hiçose esta obra siendo maestro della Manuel Galavis…>>, alusión al laborioso albañil que, recién inaugurado el siglo XVII, reformó el viejo solar que en otras épocas  fuera propiedad de la Orden de Alcántara. Los blasones que respaldan dejaron ver símbolos del Pereiro y un recogido Ave María.
11.    Tiara religiosa, en la casa que antaño perteneciera a un ilustre miembro de la oligarquía eclesiástica local, cofrade que fue de la Santa Hermandad de San Pedro. Nos referimos al presbitero Calvo. Eminencia literaria y religiosa del Siglo de Oro zarceño.
 
 

domingo, 2 de agosto de 2015

Jinetes de leyenda

Eran temerarios. Pocas cosas había que les hicieran desistir.
La Guerra de Portugal, esa que ha pasado a la historia con el nombre de la Restauraçao, fue la causa de sus vidas, la misma que les encumbro a un merecido lugar entre la leyenda y la realidad. Un mito ya para sus contemporáneos, y un recuerdo inolvidable para las generaciones futuras.
Grupos de caballistas populares, formados en su totalidad por voluntarios
Antes, hombres dedicados a las tareas rutinarias del campo, y después, con la irrupción de la guerra, obligados a cambiar la hoz y el arado, por el mosquete y la espada.
<< Compañía de Montados de La Zarza >> se titularon, y unas veces de motu propio, y otras obedeciendo órdenes de los jefes del Real Ejército de Extremadura, cabalgaron la frontera para hacer rapiña, destruir sembrados, robar ganados, incendiar aldeas... Enfin, la violencia de cualquier guerra.
Nacieron en 1644, cuando, tras un ataque de los enemigos portugueses a la villa de Zarza, para vengar la afrenta

<<...empeçaron a compra cauallos, y á armarse con tal ardor, q al ppo del año de 45, ya fe hallavan con 110 cauallos efcogidos...>>

Las fértiles campiñas de Castelo Branco y Penamacor, fueron escenario predilecto de sus acciones de saqueo.
Conocían al detalle la Raya. Muchos se habían dedicado a comerciar y, desdeluego, el contrabando siempre estuvo presente desde tiempos antiquísimos. Fue una buena escuela.
Poblaciones antes amigas, y ahora rivales.
Zibreira, Alfaiates, Penha García, Monsanto..., incluso hasta tierras arriba, en la comarca del Ribacoa portugués, defendida por la fortificada plaza de Almeida, se atrevieron a llegar los célebres Montados de La Zarza.
Hubó épocas en las que <<...no fe dió quartel a hombre de guerra...>>.
Bien comprobó el valor de estos jinetes don Sancho Manoel de Vilhena, gobernador militar del distrito lusitano de Castelo Branco-Penamacor. Muchas veces se enfrentó a ellos, y en otras tantas salió derrotado.
Decía un cronista, elogiando a sus paisanos:
<<...Los de la Zarza, en Extremadura, junto a Alcántara, no cogen portugués que no hagan piezas de él...>>
Por sus logros militares, uno de aquellos esforzados jinetes, Juan Montero, merecio el grado de capitán, concedido por el mismísimo monarca Felipe IV.
Y como Capitán Polán, gano la eterna fama.
No fue el único. Junto a él tuvieron reconocimiento general otros compañeros de combate.
Traigamos a la memoria una de sus aventuras épicas, que sucedió allá, en 1647, por el mes de marzo.
En semejantes días gobernaba la compañía don Diego de Martos, quien reunió a 63 jinetes. A ellos se sumaron otros, que no quisieron perderse lo que ya se suponía iba a ser un gran botín de guerra. El eco de triunfos precedentes era de sobra conocido.
Siguiendo trechas y veredas casí ocultas en el monte, al amparo de las sombras de la noche, cruzaron la frontera, y sin dar descanso a las caballerías, en pocas horas de marcha se presentaron ante el pueblo de Lousa, situado 10 leguas tierra adentro del enemigo.
400 vacas, 3.000 ovejas y carneros, 100 yeguas y algunos mulos, fue la presa obtenida.
De regreso les esperaban, en una planificada emboscada, numerosa tropa de soldados de a pie, reforzados por caballería portuguesa.
La escaramuza que siguió fue brava. Se perdieron varias monturas, pero al final, con coraje, lograron, los aguerridos Montados, escapar de la celada y salvar gran parte del botín.
En su pueblo, Zarza, fueron recibidos y aclamados como auténticos héroes.
Y el napolitano Mazzacan, que lideraba la guarnición local, dio buena fe a las autoridades superiores de aquel gran éxito.
Sin embargo, no siempre la victoria acompañó a aquellos Montados.
En Portugal, a su imitación, se levantaron compañías por vecinos de los pueblos fronterizos, que veían en este modelo la única forma de defenderse de los contínuos ataques que realizaban los Montados de Zarza. Se las llamó Companhias de Moradores e Pilhantes, las cuáles, en más de una ocasión, recorrieron los campos zarceños, infligiendo duros revéses a los paisanos y jinetes locales.
Pero la tradicción popular deja a un lado ese recuerdo negativo. Se prefiere la imagen triunfal y mítica, como firme prueba de los años dorados de la villa de Zarza.
No en vano, en tiempos de sus hazañas, se escribió un extenso manuscrito << Empressas militares que los valerosos zarçeños gloriossamente han adquirido de los portugveses confinantes, opvestos a Castilla, desde el año de 1640 >>.

Realidad y leyenda.
 
 
IMAGEN: un oficial de caballería de mediado el XVII. Documentos que narran las peripecias militares de La Compañía de Montados de La Zarza.

 

miércoles, 15 de julio de 2015

Un viaje al pasado


                 Roque Joaquín de Medrano era escribano público de Zarza la Mayor.
                En su despacho, día tras día, en un voluminoso grupo de legajos, anotaba y daba legal forma a todo tipo de acontecimientos: actas de poder de representación, escrituras de venta, permuta, traspaso, diligencias judiciales, certificados, testamentos, probanzas....
                Gracias a su oficio, puede decirse que don Roque era gran conocedor de la rutina diaria de sus convecinos zarceños. Apenas se escapaba asunto que no quedará reflejado, previa solicitud de los interesados, en su archivo de protocolos.
                La fortuna se ha tornado favorable, y hemos podido acceder a esa notable fuente informativa.
                Queremos rescatar, aquí, unos ejemplos, que, sin duda, contribuirán para conocer mejor cómo vivían los zarceños y zarceñas hace ya doscientos años, a mitad del siglo XVIII.
                Y lo vamos a hacer guiados, precisamente, por el espíritu de nuestro escribano, en un viaje a la <<memoria colectiva>>, patrimonio inmaterial de Zarza y sus vecinos.
                Comenzamos, pues, nuestro paseo, por vía principal de antaño, la rúa de Los Mesones, que hoy, 25 de junio, presenta escena un tanto triste.
                Una casa de la acera derecha, subiendo desde las eras de San Antón, tiene demasiado ajetreo. En ella reside María <<la Morana >>. El escribano, quien ya redactó su Testamento, nos alerta, con gran sentimiento, que María padece grave enfermedad. Postrada en el lecho de muerte, recibe, por última vez, a familiares y amigos para despedirse. Es seguro no verá la luz de un nuevo amanecer.
                Proseguimos. Algo más arriba tampoco se respira un clima de sosiego.
                A Domingo González Jorge la justicia le ha embargado, esta misma mañana, una jaca negra y un mulo color castaño oscuro. No había pagado los réditos al cruzar la aduana con Portugal, cuando regresaba de sus habituales viajes comerciales. Sin bestias para trajinar, poco podrá emplearse en su oficio, y así se pierden jornales para mantener a la numerosa familia. Dejamos al apesadumbrado Domingo, con nuestros mejores deseos de que halle pronto solución a sus problemas.
                El fiscal también ha tenido trabajo antes de llegar a casa del arriero. Previamente hubo de recoger testimonios contra los administradores de la, ya desaparecida, Real Fábrica de Sedas. Corre el rumor que un enorme desfalco económico se oculta en los libros contables de las oficinas fabriles. La comunidad zarceña solicita castigo para los infractores. Una comisión vecinal, compuesta por Pedro Montero, Domingo de Sande, Sebastián Morán, Juan José López, Tomás Gazapo, Miguel Cid, Alvaro Pérez, y otros tantos comerciantes, presta juramento ante el abogado Marcelino Canales, en un aposento situado en la calle Vitigudino.
                Toca el turno, ahora, de conocer al matrimonio Jacinto Rodríguez y su mujer, Isabel González, que viven en la esquina del callejón del Macho, lindera con la calle de Hurtado. La pareja es el primer soplo de alegría que hoy encontramos en el pueblo. Afortunadamente pueden pasar ajenos ante los males de sus convecinos. A base de trabajo y sacrificio, han logrado acumular cierta cantidad de reales. Con ellos aprovechan el miedo de otros. Están en estos momentos firmando la compraventa de un molino, situado en la dehesa de Benavente.
                Andando, andando, siguiendo calle arriba, nos hemos plantado, casi sin querer, en la Plaza Mayor. En su ayuntamiento tienen hoy celebración plenaria los señores consistoriales: Sebastián Montero y Fernando de Sande, acompañados de regidores y del procurador, Gregorio de Sande. Todos han de cumplimentar los trámites para reclutar a los soldados que, por cupo, debe ofrecer la villa zarceña al ejército. Las papeletas y el cántaro van dictando: Diego Caro y Agustín Perianes son los seleccionados. En sus casas la noticia causa gran pesar porque, con su ingreso en filas, habrá menos brazos para labrar los campos.
Dejando a la milicia, otro runrún popular circula por la Plaza.
                Un grupo de chismosos vecinos, que buscan la frescura de la sombra junto a las gradas de la iglesia parroquial, bajo la frondosidad del viejo álamo, discuten acaloradamente. Los más parlanchines comentan cómo en la taberna de Domingo Terrón, una noche, a comienzos de este recién estrenado verano, se vio a la esposa en relación algo deshonesta; es por eso que Domingo tiene hoy mal cariz, y sirve vino con pocas ganas a quien se acerca para refrescar la garganta.
                Abandonando el mentidero, el ensordecedor ruido procedente de un callejón, que desemboca en el próximo Coso de los Toros, llama la atención de los transeúntes.
                Enseguida aparece una partida de caballistas. No cabe duda que son soldados, más en concreto el piquete del resguardo de fronteras, al mando de un cabo.
                Por la zona suelen rondar cuadrillas de bandoleros y contrabandistas. De conocidísima mala reputación son los tres hermanos Alpedrinas, ladrones, que viven en lo fragoso del río Alagón, en unas cuevas; o aquel otro que llaman Pocarropa, máxima autoridad en el mundillo del hampa.
                Conviene, por tanto, mantener la vigilancia estrecha. La sierra de Valdecaballos, dónde dicen han sucedido los más lamentables actos de violencia que se recuerdan, lugar de paso obligado para viajeros. Escenario bien conocido por estos caballistas, defensores de lo común.
              Suenan las campanas de la iglesia. Ya es más de mediodía, y el apetito, a estas horas, se va haciendo notar en los estómagos. Nuestro mentor, don Roque, haciendo honor a su buen servicio, aconseja preguntar por Sebastián de Sande quien, junto a su domicilio, en la Cruz de la Puentita, regenta un horno de pan que antaño fundará Juan Alonso Maese. El acompañamiento, un pedazo de queso y un poco de chacina, lo podemos conseguir en una cercana abacería, propiedad de Isabel de Sancho.
                Tras la pitanza, con renovadas fuerzas, continua el recorrido por las calles de Zarza.
              Al pasar por una de las más principales, que por eso recibe el nombre de Concejo, se descubre un singular personaje, ya de adelantada edad, pero cuyos rasgos dejan intuir una vida sosegada, lejos del trabajo rural. Es Bartolomé Hernández Borrellas, descendiente de familia hidalga. En su edad adulta, se muestra satisfecho porque sus dos hijos varones han podido cursar en una de las más celebradas universidades de aquel tiempo, la de Salamanca. Formados y con futuro, lejos del arado, la hoz y la vida servil.
                Afortunados ellos, en un mundo en el que la gran mayoría de jóvenes son carne de cañón para bregar el campo. Nos consolamos al saber que Pedro Martín Gallego y Francisco Montero Perianes, ofrecen en sus domicilios clases de primeras letras a quien quiere, o le es posible, optar a algo mejor.
                Cerca del domicilio del preclaro Bartolomé, al final de una callejuela que hace honor a su nombre, Angosta, un nutrido grupo de personas forma impaciente cola ante la puerta de una casa. Allí vive el cirujano, don Francisco Ibañéz del Castillo. Los vecinos acuden en busca de medicamento con que resolver sus achaques. Siendo más precisos, decir que don Paco receta, y luego Juan del Corral y Ventura de la Cruz cocinan, en sus bóticas, los ungüentos reclamados.
                Poco a poco, el entramado de calles se torna en cuesta, hacia el punto más alto de la población, que llaman, como no podía ser de otro forma, El Castillo.
                  Antes, pasamos por una luminosa plazuela, la del Arconocal. Por ahí está el matrimonio Juan Moreno y Paula Polán, que se dirigen a una huerta cercana, situada frente a la ermita de Santa Clara.
                  La Barrera del Castillo se nos hace visible a medida que ascendemos por la calle Santo Cristo. Por cima de los pardos tejados, asoman ya los muros de una antigua fortificación.
                  Nuestro andar se detiene bruscamente. Un gran rebaño de merinas esta cruzando la Cañada Real, que transita por este lado de Zarza. Son del ganadero mesteño Antonio José Segura, que todos los años baja, desde tierras burgalesas, a pastar en la dehesa de Benavente. Ahora, finalizada la campaña de hierbas, está listo para regresar a su hogar serrano.
                  A los márgenes del cordel, salpican varias chozas de pastores; y frente a la ermita del Castillo hay una tenería. Pertenece a Francisco de Sales Botello. El olor de las pieles curtidas impregna todos los alrededores.
                  Siguiendo el alegre tintineo de los campanos, descendemos del Castillo por la calle de los Canales, y entramos nuevamente en el casco urbano por los restos que quedan en pie de la vieja Puerta de la Villa, junto a la cual está sentado, plácidamente, Francisco Montero de la Cana. Charla con su amigo Mateo Borrero, que acaba de llegar con un par de jumentos, que cargan sobre sus lomos serones repletos de rojiza tierra. Con ella elaborará luego el barro para fabricar pucheros, botijos, platos...,etc. No cabe duda que es el alfarero.
                   Los restos del foso que rodeaba a la vieja muralla, sirven de guía al viajero. Así, bajando desde el cerro castillero, sorprende la gran fachada de otra ermita, la dedicada al apóstol San Juan. Hoy se celebra misa, solicitada por su mayordoma, doña Estefanía de Sande Villalobos, a expensas del capellán, Diego de Cáceres, su marido. Ambos han heredado la responsabilidad de administrar los bienes del oratorio que fundará, hace más de cien años atrás, su antepasado, el canónigo don Juan de Sande.
                   Estamos otra vez casi dónde comenzamos nuestro paseo. Hemos caminado, de nuevo, por la calle Mesones. Comienza a doblar el esquilón. El presbítero, don Tomás Zango, corre apresuradamente hacia la casa de María “la Morana”. Parece que ha llegado su final, y el párroco colegial, Diego Calderón, no está disponible para administrar el Santo Sacramento a la moribunda.
                   Que fatal coincidencia. Unas mujeres estaban hablando sobre el fallecimiento de un niño en una casa de la calle Parral. Se llamaba Dominguito, y era hijo de Francisco Mirón e Inés Gutiérrez. Apenas tenía dos años de edad. La mortalidad infantil es elevada.
                    Al final de la rúa, algo grato. Unos albañiles, Blas Sánchez Templado y Diego Gutiérrez, están levantando una nueva casa. Por este lado el pueblo se nota que va en continuo crecimiento.
                   Frente a ellos, al otro lado de la incipiente calle, Alonso Jiménez Lozoyo, el herrero, muy concentrado en sus tareas. Mejor no despistarle.
                    Poco a poco, el día va perdiéndose por el horizonte. Ya en el Egido Patero, oculto el sol, con la frescura del atardecer, grupos de vecinos reunidos.
                    Fernando Placeres y Eusebio Rangel. Sus respectivas jornadas de trabajo han sido duras. El primero ha estado recogiendo sus mieses en una heredad, sita en Valle de Gonzalo Mateos. El otro viene desde la Piedra Alta, de regar una huerta de legumbres. Se recogen al descanso de sus hogares.
                     Unos carromateros, Andrés Chaparro, Juan Blanco y Victorio Barroso, hacen su entrada en el pueblo. Andrés es un sobreviviente del terremoto de Lisboa. Estaba allí aquel día, trabajando en representación de la Real Compañía de Sedas.
                               Más adelante, dos siluetas. Al acercarse observamos a dos hombres que, por su porte, deben ser de los que aquí llaman acaudalados. En efecto. Son Pedro de Sande Marto y Miguel Jerónimo Alemán de Sande, sin miedo a equivoco los vecinos con más lustre de la población. Seguro que vienen desde la huerta de la Fontanina, dónde se crían jugosas y refrescantes sandias. El vergel, por cierto, es propiedad de un allegado, Diego de Sande y Figueroa.
                   Terminamos la caminata junto a la puerta de la posada de Isabel Bárbara Sánchez, último lugar para este viaje a la memoria.
                    Nos cuenta Domingo Sánchez Agudelo, que sus habitaciones están todas ocupadas. En estas fechas son muchos los forasteros que llegan para comerciar o, simplemente, de paso a otros destinos. Se escuchan aquí ciento de historias.
                    Paciencia, oyente y lector curioso. Habrá ocasión para contarlas más adelante.
                    
IMAGEN: libro de protocolos, propiedad de don Roque Joaquín de Medrano y Vargas, en el cual apuntaba minuciosamente los quehaceres diarios de sus convecinos zarceños. Año de 1757. Laus Deo.
 
 

domingo, 7 de junio de 2015

De penas y penados

Hablemos de un tiempo olvidado.

Cuando los egidos comunales Patero, San Antón, Galaperal y Santa María eran ocupados por centenares de cabezas de ganado (ovino, vacuno, cabrío, porcino), caballerías mayores y menores, amén de otras bestias. El fin último era aprovechar las hierbas, altas, medias y bajas; hablemos, también, de cuando las tierras de labranza abrían sus portados para limpiar rastrojeras; e igual cuando los terrenos colectivos y de propios se arrendaban a ganaderos.......
No era sencillo. Había que cuidar que todo se desarrollara sin que nadie fuera más que nadie; que todos pudieran aprovechar lo que la madre naturaleza ofrecía; que el ganadero poderoso no se hiciera dueño de todo el terrazgo.
Y para lograr ese bien público, el noble y honrado Concejo zarceño, formado por personas ancianas y de inteligencia en las cosas de costumbre y tradicción, imponía una normativa.
Vigilantes de lo común, nombrados por la autoridad competente, custodiaban que todo siguiera los cauces normales. Si alguien infrigía la ley, debía ser castigado de acuerdo a los dictados previamente acordados.
De estas cosas, que hoy ya no se hablan, por suerte nos queda el recuerdo en un buen puñado de polvorientos folios. Legajos casi desgastados por el paso del tiempo, pero que aún nos permiten vislumbrar el modo de vida cotidiano en aquella Zarza agrícola y ganadera de los siglos XVI y XVII.
Baste un ejemplo. El << Libro de Penas del Concejo y Boyada, del año de mil y seiscientos y veinte, de que fueron mayordomos Francisco Hernández de la Galvilla, y Luis González, yerno de Prieto >>.
Nos ofrece mucha información al respecto. Así, conocemos a un tal Francisco Gómez de la Guardabraza, a quien, un 21 de mayo de aquel año, su convecino Antonio Villegas denunció por introducir, de forma ilegal, un mulo en terreno de vides <<...en los panes de la viñas...>>, como por entonces se decía. Tras pagar la debida sanción económica, el animal fue sacado del Corral del Concejo, y entregado a la esposa de referido Francisco.
Y como sucediera a este sujeto, podemos seguir ofreciendo una larga relación individual, que abarca 34 anualidades primeras del XVII. Y sumando noticias, otras tantas de finales de la centuria y comienzos de la siguiente, y .....

Aquí quedan referenciados unos pocos.
  1. Pedro Sánchez Blas, un buey en las viñas.
  2. Alonso Perianes, dos puercos en los panes de siembra.
  3. Francisco Montero "el Mesonero", un caballo en idéntico lugar.
  4. Juan Alonso Zango "el de la calle Parral", una piara de cerdos.
Enfin, historias del ayer, que resuenan hoy, y, ójala, la memoria guarde celosa para el mañana.

IMAGEN: << Libro de penas del honrado Concejoy Villa de La Zarça la Maior >>, año de 1603.