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domingo, 6 de agosto de 2017

Investigando y publicando la guerra



Detallado y extenso. Una investigación sobre los devastadores efectos que tuvo la Guerra da Restauraçao a lo largo de la frontera luso-castellana, comenzando en tierras leonesas y mirobrigenses para terminar en la raya onubense.
Ciudad Rodrigo, Almeida, Penhamacor, Alcántara, Campo Maior, Mérida, Elvas, Badajoz, Olivenza, Moura, Encinasola...., y un sinfín de localidades protagonistas, tanto a un lado como a otro de la franja divisoria.
Abundantes noticias inéditas que nos hablan de multitud de aspectos, Desde el carácter político y diplomático, hasta los elementos más característicos de todo conflicto bélico.
Fortificación, reclutamiento, financiación, armas, logistica, espionaje, alimentación, sanidad, relaciones sociales, milicia, jerarquia militar.....
Y, por supuesto, escaramuzas, saqueos, cabalgadas de pillaje. Mucha, mucha acción.


De próxima publicación






domingo, 3 de abril de 2016

Corriendo los campos; saqueando los pueblos


             La década de los años sesenta fue muy virulenta.

            Una guerra que había comenzado casi veinte años atrás, se tornaba ahora más peligrosa que en ningún otro momento del pasado.

            En las fronteras entre los dos reinos peninsulares se iba acumulando un gran número de soldados; cifras hasta entonces desconocidas.

            Liberado de otros frentes bélicos, el monarca castellano Felipe IV estaba en condiciones de reunir un potente ejército y situarlo en el único punto dónde aún persistían los problemas: Portugal.

            Y en Portugal, curiosamente, el paso de los años había dado ventaja para ir organizando a unas tropas en origen bisoñas, y en estos momentos mejor preparadas, y dirigidas, para resistir el ataque final de los felipistas.

            Se anunciaba una guerra de verdad. De las que suman a muchos soldados, mucha artillería, abundancia de pertrechos. Una guerra librada en campos de batalla reales, sin tapujos, cuerpo a cuerpo.

            A pesar de todo, el día a día para los habitantes de la frontera, tanto a un lado como a otro, no cambio en exceso respecto de lo que se había vivido en etapas precedentes.

            La pequeña guerra, la de las escaramuzas rápidas y devastadoras, no quedo apartada en los planes tácticos de ambos ejércitos litigantes.

            Era útil. Un modo de entrenamiento para los hombres de guerra; un modo de cansar al rival; un modo de divertir y entretener a los efectivos defensores de una determinada zona. Un modo de sacar máximo provecho exponiendo poco. En definitiva, un modo de vida para una gran mayoría, que veía en este modelo de guerrear un filón para sobrevivir, y también para medrar.

            Tierras ya muy yermas después de tantos años de lucha. Cierto. Pero que seguían ofreciendo un interés especial. En ellas siempre había algo que robar, que quemar, que destruir.

            Daba igual la zona elegida. La frontera al completo fue una llama intensa. Lo mismo al norte que al sur, o en el centro.

            Veamos.

            Abajo, lindando con la Andalucía, desde febrero las plazas fronterizas alentejanas estuvieron en alerta permanente ante la posibilidad de un ataque castellano.

            Dinis Melo de Castro, teniente general de caballería, gobernador interino de Moura, bien lo sabía, no dudando por ello en mejorar la guarnición de la villa con tres nuevas compañías de montados. Los avisos no engañaban <<...o inimigo intentaria por aquella parte alguna entrada...>>.

            Hubo de esperar poco para confirmarlo. El asistente de la milicia sevillana informaba a Madrid, en los comienzos de abril <<...yntentado haçer una correria en el Reino reuelde, yecho todas las preuençiones que enseña el arte de la gverra pª poderla lograrr con menos riesgo...>>.

            Subamos hacia arriba. En tierras de Badajoz, epicentro de la guerra, se ejecutan también los deseos de cabalgada.

            Ahora eran los propios portugueses quienes tomaban la iniciativa de pillaje. Por eso <<...ao rebate das atalaias montou en Badajoz o tenente-general D. Joao Pacheco com as companhias de cavalos da guarniçao daquella praça...>>.

            Ascendemos.

            Más ganas de correr los campos. Ahora en territorio alcantarino, dónde <<...acauo detener auisso que tres dias a fue el enemigo con 300 cavallos a recoger el ganado que pasta en aquellas campañas...>>.

            Se diluye la frontera extremeña. Persiste la guerra.

            Con idéntica tónica, el golpe más duro lo recibieron en la comarca de Ciudad Rodrigo. Por allí, después de quemar varias aldeas, Manuel Freire de Andrade <<...marchou a sete de Março a ganhar o castelo de Albergaria...>>. No iba sólo, pues se hizo acompañar <<...com quatro mil infantes pagos e quatro peças de artilharia, tres petardos e um morteiro...>>.

            Un plan militar muy preparado: si lograba ganar el puesto infligía severo daño a los mirobrigenses, ya que, en palabras del jefe de éstos, el castillo albergallo <<...nos hera de grande importancia para la quietud delos campos de Robledo y Agadones, assi como para la comunicacion delos puertos de Robledillo y Escargamaria [sic] y Sierra de Gata...>>.

            Decir que le fueron bien las cosas al portugués sabe a poco. Tras asolar la población se llevo, entre otras muchas cosas, aquellas que recoge una <<...Memoria delas muniçiones de gverra y bastimentos que entregue al almojarife del reuelde eldia que capitulo e se rindio el castillo de la albergurias..>>.

            Y más, y más, y más. Toda la tierra devastada.

            En fin, que, como decíamos al principio, con estas escaramuzas, entradas, correrías, cabalgadas, se inauguraba una década prodigiosa para la Guerra da Restauraçao.
 
            De los momentos grandes daremos cumplida cuenta en otro capítulo; mientras tanto quede aquí el recuerdo de la guerra monótona de cada día. Sí, esa que, a priori, queda lejos del campo de batalla principal, del ruido de los ejércitos gruesos; pero, no nos engañemos. Siempre cerca, demasiado, del dolor, el sufrimiento, y violencia de las armas.

viernes, 8 de enero de 2016

Olivenza, 1641. La perla de la frontera


         <<...Luego que se levantó Portugal, [...] y habiendo sabido el Conde que Oliuenza es vna villa dezerca de dos mil veçinos, y que aunque laestan fortificando no esta çerrada asta agora ni tan adelante lo que obran en ella, y demas desto los ánimos de los vecinos cuan poco firmes estaban en la rebelión, resolvió el de intentar sorprenderla...>>.

            Así inician las crónicas el relato de la verdadeira e milagrosa victoria que alcançarao os Portuguefes que afsistem na Fronteira de Olivença, que tuvo lugar durante el mes de septiembre de 1641, primer año de la llamada Guerra da Restauraçao de Portugal.

            Gobernaba entonces el Real Ejército de Extremadura, creado para luchar contra los rebeldes portugueses, don Manuel de Acevedo y Zúñiga, conde de Monterrey, quien tenía asentada su residencia en la ciudad de Badajoz, convertida en cuartel general. Frente a ella, al otro lado de la frontera, se encontraba Elvas, la gran plaza de armas del ejército lusitano. Sólo unos pocos kilómetros de distancia, y el curso del río Guadiana, separaba a las dos urbes enemigas.

            Al sur de ambas estaba Olivenza, considerada la tercera en importancia. Un lugar altamente geoestratégico, pues, situada en la margen izquierda de citado río, era paso obligado para comunicarse con Elvas, a través del llamado Puente de Ajuda.

            Es por tal motivo que Olivenza fue, desde el comienzo del conflicto, uno de los objetivos prioritarios a conquistar por parte del ejército castellano, que pretendía así obtener una vía de acceso directa y sin peligro al interior del país rebelde. Una autopista hasta la capital, Lisboa.

            Monterrey, exponiendo ante la Junta de Guerra su plan de ataque, daba cuenta de las ventajas que ofrecía ocupar la plaza oliventina y el vado ribereño que ésta defendía:

       <<... ocupar al mesmo tiempo que la Uilla la fortificación que tienen en la puente que llaman de Olivenza, que esta en la mitad del camino de aquella villa a Elvas, por impedir el socorro que de aquella plaza le puede venir...>>.

            Con el beneplácito de los ministros y del rey Felipe IV, el conde se dispuso a ejecutar aquella aventura militar, tan seguro como estaba de alcanzar el éxito. Era por entonces verano, fechas poco convenientes para hacer marchar a un potente ejército bajo un sol de justicia.

            Aún así lo intento el capitán general; pero por dos veces fue rechazado; incluso se dio la circunstancia que en una de ellas contó con ayuda de un oscuro personaje portugués, el cual se había mostrado partidario de entregar la plaza bajo unas condiciones previas. La cuestión es que el traidor resultó descubierto y, ante el miedo a sufrir represalias por su afrenta, abandonó la ciudad, dejando el ardid de Monterrey sin efecto.

            No se amilanó por ello don Manuel, y nuevamente planificó otra suerte contra Olivenza. Esta vez había que ganarla con el ímpetu de las armas. En cualquier caso, aún dejaba abierta la posibilidad de conseguir el triunfo de forma menos violenta:

            <<...Si suçediese el entrar en la uilla por ynterpressa, sea de poner particular cuydado enque los soldados no la saqueen ni hagan excessos nimalos tratamientos a lagente, y particular mente enlas yglesias y lvgares sagrados...>>.

            Pasados los rigores veraniegos, en las primeras semanas de septiembre, comenzó el definitivo avance castellano, liderado por el maestro de campo don José del Pulgar, uno de los oficiales de rango a las órdenes de Monterrey. Así lo describen las fuentes portuguesas del momento:

            <<...na tarde antecedente tinha saido o enimigo daquella praça de Badajos com muita infanteria, caualleria, & muniçoes, & todo genero de petrechos de fortificaçao [...] Derao pois a execuçam fus intentos com hua encamizada a 17 de Setebro hua Terça feira duas horas antes q a manheceffe, dia felice para efte Reino por fer das Chagas do Seraphico S. Francifco [...] chegarao a villa a tempo que a Lua fe pos, efcondedo fua claridade [...] chegarao algums homens de pè, & cauallo à porta que chamao do Caluario, dizendo aos da guarda que abriffem [...] mas ficarao defenganados, vendo fobir finco, o feis pela eftacada...>>.

            De nuevo la estratagema falló estrepitosamente, y no quedó más remedio que echar mano de arcabuces, mosquetes, picas, artillería,  y el célebre coraje de los soldados castellanos. Pero, ¡¡ay!!

            <<...Sucedióle mal a d. José del Pulgar, porque las guías perdieron la mayor parte de la infantería, y sólo la que iba con el petardo llegó con el dicho maestro de campo hasta el rastrillo de la puerta, con que no pudo hacer más ni menos la gente que, perdidos, tardaron tanto en llegar que dieron tiempo a Olivenza para ponerse en defensa [...] Esta mala fortuna le obligó a retirarse a Valverde, dejándose algunos muertos, y trayendo más de cincuenta heridos...>>.

            Mala fortuna, sí. En palabras del mismísimo jefe de la tropa atacante, se advierte el desaliento ante un sonoro fracaso:

            <<...Señor, acabo de llegar en este instante de aber prouado la mano alo que fui, que tan desgraciadamente no asido possible cumplirle a V.E el gvsto de berse dueño deste lugar q tan deseosso ybayo de q tuuiese ese efeto...>>.

            En cambio, para los oliventinos, aquella fue una  larga madrugada con un alegre despertar. Otra vez habían librado a su querida ciudad de fenecer bajo las garras del enemigo. El paisaje, tras la batalla, resultaba estremecedor:

            <<...Efclareceo a menhaa, parece que anticipandoffe para galardoar aos valentes Portuguefes o que obrarao com o famofo expectaculode Cadaueres Caftelhanos, & luzidos Cauallos mortos & deftroçados, q ao redor da porta, Trincheira, & campos circumuezinhos jaziam [...] Acharaofe muitos defpojos, Mofquetes Bizcainhos, & alguas efpadas, Piftolas, & crauinas, fellas, & adereços de cauallo...>>.

            Después de aquello ya no hubo más intentos de conquista; pero sí continuaron las escaramuzas por los campos próximos a la ciudad. Guerra viva, al fin y al cabo.

            Y así se vivió durante los años que siguieron, hasta que alcanzado 1657, y bajo mando del duque de San Germán, como cabeza visible del ejército extremeño, la valerosa Olivenza no pudo soportar un asedio más, y cayó, no sin antes haber ofrecido brava resistencia, en poder de las armas castellanas.
 
            Pero, esa, estimado lector, es otra historia.

En la imagen: plano del recinto amurallado de Olivenza, según diseño del ingeniero Nicolau de Langres. Mediado siglo XVII.
 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Amigos de lo ajeno


Le apodaban <<Ruin>>, aunque fue más conocido por su patronímico <<Semental>> que, curiosamente, a priori, no era indicio de tipo peligroso.

Tampoco lo parecía, tras un simple examen visual. Describíase como de corta estatura, delgado de cuerpo, color claro, y, eso sí, con bastante patilla.

De no ser por el sombrero redondo y chaqueta de pieles de borrego, que vestía con orgullo, abrazando el tipismo de los hombres de monte y vida arriesgada, difícil hubiera sido tildarlo de persona no grata. En todo caso, si quedaban dudas, éstas se despejaban de un plumazo, al observar la carabina y pistola que portaba el rufián. Y para terminar, montado sobre un caballo negro de bastante alzada. Ahí era nada aquella aparición, en medio de los abandonados caminos.

No había senda o vereda que escapase a su conocimiento. Se movía a libre antojo por tierras apretadas entre el río Alagón y la fronteriza rivera de Erjas; y cuando el riesgo ceñía más de lo deseado, sus escondites se situaban en las fragosidades de la cercana Sierra de Gata, bajo vigilancia del mágico Jálama. Pero, sin duda, el lugar preferido para descansar y apartarse del acecho, estaba en los tranquilos, y nada sospechosos, pueblos portugueses, todos vecinos a la Raya fronteriza. Su espacio natural por excelencia.

Comenzó sólo, pero las famosas andanzas que acaudilló, pronto le hicieron sumar compañeros de viaje.

Florentín tuvo el honor de ser el primero en unirse. Luego llegaron <<Patato>> y Andrés <<El Rito>>. ¡¡Vaya cuadrilla!!. Juntos no tenían rival.

Temblaban los viajeros cuando, dispuestos a recorrer los pedregosos caminos hacia sus destinos, recibían el aviso previo de lugareños y autoridades, ante la posibilidad de toparse con semejante clan.

En convulsos tiempos de política y facciones ideológicas, camparon a sus anchas, aprovechando la anarquía reinante.

Acusados de delito de sangre, sí; pero forjadores de nuevos modelos para delinquir: el secuestro y extorsión fueron su mejor arma. Un buen puñado de terratenientes bien lo comprobaron.

Es cierto que todo tiene su inicio. Y también su final.

A nuestros protagonistas les llego su fatídica hora de rendir cuentas. Bajo balas en unos casos, y en el cadalso, en otros, expiaron sus culpas.

Desde luego que, a pesar de la gran fama cosechada, no fueron pioneros en el arte del latrocinio, y menos aún en una tierra tan acostumbrada a los usos fuera de la ley. Y aquí no cabe dejar en el olvido a las comunes prácticas del contrabando. Una verdadera escuela.

Desde siempre dio la frontera nombres para la leyenda y la historia a partes iguales.

Cerrando, bien llamado <<El Pillante>>, trajinero que cabalgo sin tener sombra durante varios años del seiscientos, hasta que un día las asesinas estocadas de un rival acabaron con sus épicas aventuras.

Alumnos y herederos de tan proverbial academia y maestro no faltaron: Pedro, de oficio original tejedor, cambio aguja e hilo por la albaceteña de gran porte y filo. Los correos que venían e iban a Madrid, fueron su presa más codiciada. Entre línea y línea, se colaban maravedies y ducados.

Veguitas, Planchada, Cienfuegos, El Rondeño, Pocapena, el clan de los Artajona..., un extenso memorial de ladrones, contrabandistas, cuatreros, hombres al margen de la sociedad, que fueron, sucesivamente, uno tras otro, llenando el vacío en la medida que sus antecesores dejaban hueco disponible, al caer bajo el peso inquebrantable de la ley y sus custodios.

Podríamos hablar de muchos. Basten, a efectos de muestra, unos cuantos. Hasta no hace mucho resonaron nombres legendarios: Montejo, o El Bolsillo.

Y la larga nómina alcanza su postrero representante. El fiel amigo de lo ajeno, aquel a quien llamaron Chico Cabrera.

Fue éste el último bandido decimonónico; solitario caballista que recorrió los desfiladeros del Alagón, cruzo los vados del Erjas, cobijó en cuevas de los olivares, pisó los ocultos caminos y veredas del monte. Y, finalmente, perdió, como ya ocurriera antaño, una y otra vez, la batalla frente a los incansables perseguidores.

Trágico final que, merece destacarlo, sirvió para encumbrarle hacia la gloria eterna.
 
A pesar de sus desgracias, él, y quienes le antecedieron, siguen presentes en el recuerdo de las gentes que, boca en boca, generación tras generación, contaron, y hoy siguen narrando, peripecias y aventuras, cual héroes de pueblo se tratasen.

Ahora, en las noches frías del invierno, con mayor fuerza y vigor laten sus memorias.

Sean estas sencillas frases aliento para que vuelvan a cabalgar de nuevo y recuperar el trono perdido, reinando en un mundo difuso entre la leyenda y la realidad.
 
Se lo ganaron con esfuerzo.