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domingo, 6 de agosto de 2017

Investigando y publicando la guerra



Detallado y extenso. Una investigación sobre los devastadores efectos que tuvo la Guerra da Restauraçao a lo largo de la frontera luso-castellana, comenzando en tierras leonesas y mirobrigenses para terminar en la raya onubense.
Ciudad Rodrigo, Almeida, Penhamacor, Alcántara, Campo Maior, Mérida, Elvas, Badajoz, Olivenza, Moura, Encinasola...., y un sinfín de localidades protagonistas, tanto a un lado como a otro de la franja divisoria.
Abundantes noticias inéditas que nos hablan de multitud de aspectos, Desde el carácter político y diplomático, hasta los elementos más característicos de todo conflicto bélico.
Fortificación, reclutamiento, financiación, armas, logistica, espionaje, alimentación, sanidad, relaciones sociales, milicia, jerarquia militar.....
Y, por supuesto, escaramuzas, saqueos, cabalgadas de pillaje. Mucha, mucha acción.


De próxima publicación






domingo, 3 de abril de 2016

Corriendo los campos; saqueando los pueblos


             La década de los años sesenta fue muy virulenta.

            Una guerra que había comenzado casi veinte años atrás, se tornaba ahora más peligrosa que en ningún otro momento del pasado.

            En las fronteras entre los dos reinos peninsulares se iba acumulando un gran número de soldados; cifras hasta entonces desconocidas.

            Liberado de otros frentes bélicos, el monarca castellano Felipe IV estaba en condiciones de reunir un potente ejército y situarlo en el único punto dónde aún persistían los problemas: Portugal.

            Y en Portugal, curiosamente, el paso de los años había dado ventaja para ir organizando a unas tropas en origen bisoñas, y en estos momentos mejor preparadas, y dirigidas, para resistir el ataque final de los felipistas.

            Se anunciaba una guerra de verdad. De las que suman a muchos soldados, mucha artillería, abundancia de pertrechos. Una guerra librada en campos de batalla reales, sin tapujos, cuerpo a cuerpo.

            A pesar de todo, el día a día para los habitantes de la frontera, tanto a un lado como a otro, no cambio en exceso respecto de lo que se había vivido en etapas precedentes.

            La pequeña guerra, la de las escaramuzas rápidas y devastadoras, no quedo apartada en los planes tácticos de ambos ejércitos litigantes.

            Era útil. Un modo de entrenamiento para los hombres de guerra; un modo de cansar al rival; un modo de divertir y entretener a los efectivos defensores de una determinada zona. Un modo de sacar máximo provecho exponiendo poco. En definitiva, un modo de vida para una gran mayoría, que veía en este modelo de guerrear un filón para sobrevivir, y también para medrar.

            Tierras ya muy yermas después de tantos años de lucha. Cierto. Pero que seguían ofreciendo un interés especial. En ellas siempre había algo que robar, que quemar, que destruir.

            Daba igual la zona elegida. La frontera al completo fue una llama intensa. Lo mismo al norte que al sur, o en el centro.

            Veamos.

            Abajo, lindando con la Andalucía, desde febrero las plazas fronterizas alentejanas estuvieron en alerta permanente ante la posibilidad de un ataque castellano.

            Dinis Melo de Castro, teniente general de caballería, gobernador interino de Moura, bien lo sabía, no dudando por ello en mejorar la guarnición de la villa con tres nuevas compañías de montados. Los avisos no engañaban <<...o inimigo intentaria por aquella parte alguna entrada...>>.

            Hubo de esperar poco para confirmarlo. El asistente de la milicia sevillana informaba a Madrid, en los comienzos de abril <<...yntentado haçer una correria en el Reino reuelde, yecho todas las preuençiones que enseña el arte de la gverra pª poderla lograrr con menos riesgo...>>.

            Subamos hacia arriba. En tierras de Badajoz, epicentro de la guerra, se ejecutan también los deseos de cabalgada.

            Ahora eran los propios portugueses quienes tomaban la iniciativa de pillaje. Por eso <<...ao rebate das atalaias montou en Badajoz o tenente-general D. Joao Pacheco com as companhias de cavalos da guarniçao daquella praça...>>.

            Ascendemos.

            Más ganas de correr los campos. Ahora en territorio alcantarino, dónde <<...acauo detener auisso que tres dias a fue el enemigo con 300 cavallos a recoger el ganado que pasta en aquellas campañas...>>.

            Se diluye la frontera extremeña. Persiste la guerra.

            Con idéntica tónica, el golpe más duro lo recibieron en la comarca de Ciudad Rodrigo. Por allí, después de quemar varias aldeas, Manuel Freire de Andrade <<...marchou a sete de Março a ganhar o castelo de Albergaria...>>. No iba sólo, pues se hizo acompañar <<...com quatro mil infantes pagos e quatro peças de artilharia, tres petardos e um morteiro...>>.

            Un plan militar muy preparado: si lograba ganar el puesto infligía severo daño a los mirobrigenses, ya que, en palabras del jefe de éstos, el castillo albergallo <<...nos hera de grande importancia para la quietud delos campos de Robledo y Agadones, assi como para la comunicacion delos puertos de Robledillo y Escargamaria [sic] y Sierra de Gata...>>.

            Decir que le fueron bien las cosas al portugués sabe a poco. Tras asolar la población se llevo, entre otras muchas cosas, aquellas que recoge una <<...Memoria delas muniçiones de gverra y bastimentos que entregue al almojarife del reuelde eldia que capitulo e se rindio el castillo de la albergurias..>>.

            Y más, y más, y más. Toda la tierra devastada.

            En fin, que, como decíamos al principio, con estas escaramuzas, entradas, correrías, cabalgadas, se inauguraba una década prodigiosa para la Guerra da Restauraçao.
 
            De los momentos grandes daremos cumplida cuenta en otro capítulo; mientras tanto quede aquí el recuerdo de la guerra monótona de cada día. Sí, esa que, a priori, queda lejos del campo de batalla principal, del ruido de los ejércitos gruesos; pero, no nos engañemos. Siempre cerca, demasiado, del dolor, el sufrimiento, y violencia de las armas.

viernes, 8 de enero de 2016

Olivenza, 1641. La perla de la frontera


         <<...Luego que se levantó Portugal, [...] y habiendo sabido el Conde que Oliuenza es vna villa dezerca de dos mil veçinos, y que aunque laestan fortificando no esta çerrada asta agora ni tan adelante lo que obran en ella, y demas desto los ánimos de los vecinos cuan poco firmes estaban en la rebelión, resolvió el de intentar sorprenderla...>>.

            Así inician las crónicas el relato de la verdadeira e milagrosa victoria que alcançarao os Portuguefes que afsistem na Fronteira de Olivença, que tuvo lugar durante el mes de septiembre de 1641, primer año de la llamada Guerra da Restauraçao de Portugal.

            Gobernaba entonces el Real Ejército de Extremadura, creado para luchar contra los rebeldes portugueses, don Manuel de Acevedo y Zúñiga, conde de Monterrey, quien tenía asentada su residencia en la ciudad de Badajoz, convertida en cuartel general. Frente a ella, al otro lado de la frontera, se encontraba Elvas, la gran plaza de armas del ejército lusitano. Sólo unos pocos kilómetros de distancia, y el curso del río Guadiana, separaba a las dos urbes enemigas.

            Al sur de ambas estaba Olivenza, considerada la tercera en importancia. Un lugar altamente geoestratégico, pues, situada en la margen izquierda de citado río, era paso obligado para comunicarse con Elvas, a través del llamado Puente de Ajuda.

            Es por tal motivo que Olivenza fue, desde el comienzo del conflicto, uno de los objetivos prioritarios a conquistar por parte del ejército castellano, que pretendía así obtener una vía de acceso directa y sin peligro al interior del país rebelde. Una autopista hasta la capital, Lisboa.

            Monterrey, exponiendo ante la Junta de Guerra su plan de ataque, daba cuenta de las ventajas que ofrecía ocupar la plaza oliventina y el vado ribereño que ésta defendía:

       <<... ocupar al mesmo tiempo que la Uilla la fortificación que tienen en la puente que llaman de Olivenza, que esta en la mitad del camino de aquella villa a Elvas, por impedir el socorro que de aquella plaza le puede venir...>>.

            Con el beneplácito de los ministros y del rey Felipe IV, el conde se dispuso a ejecutar aquella aventura militar, tan seguro como estaba de alcanzar el éxito. Era por entonces verano, fechas poco convenientes para hacer marchar a un potente ejército bajo un sol de justicia.

            Aún así lo intento el capitán general; pero por dos veces fue rechazado; incluso se dio la circunstancia que en una de ellas contó con ayuda de un oscuro personaje portugués, el cual se había mostrado partidario de entregar la plaza bajo unas condiciones previas. La cuestión es que el traidor resultó descubierto y, ante el miedo a sufrir represalias por su afrenta, abandonó la ciudad, dejando el ardid de Monterrey sin efecto.

            No se amilanó por ello don Manuel, y nuevamente planificó otra suerte contra Olivenza. Esta vez había que ganarla con el ímpetu de las armas. En cualquier caso, aún dejaba abierta la posibilidad de conseguir el triunfo de forma menos violenta:

            <<...Si suçediese el entrar en la uilla por ynterpressa, sea de poner particular cuydado enque los soldados no la saqueen ni hagan excessos nimalos tratamientos a lagente, y particular mente enlas yglesias y lvgares sagrados...>>.

            Pasados los rigores veraniegos, en las primeras semanas de septiembre, comenzó el definitivo avance castellano, liderado por el maestro de campo don José del Pulgar, uno de los oficiales de rango a las órdenes de Monterrey. Así lo describen las fuentes portuguesas del momento:

            <<...na tarde antecedente tinha saido o enimigo daquella praça de Badajos com muita infanteria, caualleria, & muniçoes, & todo genero de petrechos de fortificaçao [...] Derao pois a execuçam fus intentos com hua encamizada a 17 de Setebro hua Terça feira duas horas antes q a manheceffe, dia felice para efte Reino por fer das Chagas do Seraphico S. Francifco [...] chegarao a villa a tempo que a Lua fe pos, efcondedo fua claridade [...] chegarao algums homens de pè, & cauallo à porta que chamao do Caluario, dizendo aos da guarda que abriffem [...] mas ficarao defenganados, vendo fobir finco, o feis pela eftacada...>>.

            De nuevo la estratagema falló estrepitosamente, y no quedó más remedio que echar mano de arcabuces, mosquetes, picas, artillería,  y el célebre coraje de los soldados castellanos. Pero, ¡¡ay!!

            <<...Sucedióle mal a d. José del Pulgar, porque las guías perdieron la mayor parte de la infantería, y sólo la que iba con el petardo llegó con el dicho maestro de campo hasta el rastrillo de la puerta, con que no pudo hacer más ni menos la gente que, perdidos, tardaron tanto en llegar que dieron tiempo a Olivenza para ponerse en defensa [...] Esta mala fortuna le obligó a retirarse a Valverde, dejándose algunos muertos, y trayendo más de cincuenta heridos...>>.

            Mala fortuna, sí. En palabras del mismísimo jefe de la tropa atacante, se advierte el desaliento ante un sonoro fracaso:

            <<...Señor, acabo de llegar en este instante de aber prouado la mano alo que fui, que tan desgraciadamente no asido possible cumplirle a V.E el gvsto de berse dueño deste lugar q tan deseosso ybayo de q tuuiese ese efeto...>>.

            En cambio, para los oliventinos, aquella fue una  larga madrugada con un alegre despertar. Otra vez habían librado a su querida ciudad de fenecer bajo las garras del enemigo. El paisaje, tras la batalla, resultaba estremecedor:

            <<...Efclareceo a menhaa, parece que anticipandoffe para galardoar aos valentes Portuguefes o que obrarao com o famofo expectaculode Cadaueres Caftelhanos, & luzidos Cauallos mortos & deftroçados, q ao redor da porta, Trincheira, & campos circumuezinhos jaziam [...] Acharaofe muitos defpojos, Mofquetes Bizcainhos, & alguas efpadas, Piftolas, & crauinas, fellas, & adereços de cauallo...>>.

            Después de aquello ya no hubo más intentos de conquista; pero sí continuaron las escaramuzas por los campos próximos a la ciudad. Guerra viva, al fin y al cabo.

            Y así se vivió durante los años que siguieron, hasta que alcanzado 1657, y bajo mando del duque de San Germán, como cabeza visible del ejército extremeño, la valerosa Olivenza no pudo soportar un asedio más, y cayó, no sin antes haber ofrecido brava resistencia, en poder de las armas castellanas.
 
            Pero, esa, estimado lector, es otra historia.

En la imagen: plano del recinto amurallado de Olivenza, según diseño del ingeniero Nicolau de Langres. Mediado siglo XVII.
 

domingo, 2 de agosto de 2015

Jinetes de leyenda

Eran temerarios. Pocas cosas había que les hicieran desistir.
La Guerra de Portugal, esa que ha pasado a la historia con el nombre de la Restauraçao, fue la causa de sus vidas, la misma que les encumbro a un merecido lugar entre la leyenda y la realidad. Un mito ya para sus contemporáneos, y un recuerdo inolvidable para las generaciones futuras.
Grupos de caballistas populares, formados en su totalidad por voluntarios
Antes, hombres dedicados a las tareas rutinarias del campo, y después, con la irrupción de la guerra, obligados a cambiar la hoz y el arado, por el mosquete y la espada.
<< Compañía de Montados de La Zarza >> se titularon, y unas veces de motu propio, y otras obedeciendo órdenes de los jefes del Real Ejército de Extremadura, cabalgaron la frontera para hacer rapiña, destruir sembrados, robar ganados, incendiar aldeas... Enfin, la violencia de cualquier guerra.
Nacieron en 1644, cuando, tras un ataque de los enemigos portugueses a la villa de Zarza, para vengar la afrenta

<<...empeçaron a compra cauallos, y á armarse con tal ardor, q al ppo del año de 45, ya fe hallavan con 110 cauallos efcogidos...>>

Las fértiles campiñas de Castelo Branco y Penamacor, fueron escenario predilecto de sus acciones de saqueo.
Conocían al detalle la Raya. Muchos se habían dedicado a comerciar y, desdeluego, el contrabando siempre estuvo presente desde tiempos antiquísimos. Fue una buena escuela.
Poblaciones antes amigas, y ahora rivales.
Zibreira, Alfaiates, Penha García, Monsanto..., incluso hasta tierras arriba, en la comarca del Ribacoa portugués, defendida por la fortificada plaza de Almeida, se atrevieron a llegar los célebres Montados de La Zarza.
Hubó épocas en las que <<...no fe dió quartel a hombre de guerra...>>.
Bien comprobó el valor de estos jinetes don Sancho Manoel de Vilhena, gobernador militar del distrito lusitano de Castelo Branco-Penamacor. Muchas veces se enfrentó a ellos, y en otras tantas salió derrotado.
Decía un cronista, elogiando a sus paisanos:
<<...Los de la Zarza, en Extremadura, junto a Alcántara, no cogen portugués que no hagan piezas de él...>>
Por sus logros militares, uno de aquellos esforzados jinetes, Juan Montero, merecio el grado de capitán, concedido por el mismísimo monarca Felipe IV.
Y como Capitán Polán, gano la eterna fama.
No fue el único. Junto a él tuvieron reconocimiento general otros compañeros de combate.
Traigamos a la memoria una de sus aventuras épicas, que sucedió allá, en 1647, por el mes de marzo.
En semejantes días gobernaba la compañía don Diego de Martos, quien reunió a 63 jinetes. A ellos se sumaron otros, que no quisieron perderse lo que ya se suponía iba a ser un gran botín de guerra. El eco de triunfos precedentes era de sobra conocido.
Siguiendo trechas y veredas casí ocultas en el monte, al amparo de las sombras de la noche, cruzaron la frontera, y sin dar descanso a las caballerías, en pocas horas de marcha se presentaron ante el pueblo de Lousa, situado 10 leguas tierra adentro del enemigo.
400 vacas, 3.000 ovejas y carneros, 100 yeguas y algunos mulos, fue la presa obtenida.
De regreso les esperaban, en una planificada emboscada, numerosa tropa de soldados de a pie, reforzados por caballería portuguesa.
La escaramuza que siguió fue brava. Se perdieron varias monturas, pero al final, con coraje, lograron, los aguerridos Montados, escapar de la celada y salvar gran parte del botín.
En su pueblo, Zarza, fueron recibidos y aclamados como auténticos héroes.
Y el napolitano Mazzacan, que lideraba la guarnición local, dio buena fe a las autoridades superiores de aquel gran éxito.
Sin embargo, no siempre la victoria acompañó a aquellos Montados.
En Portugal, a su imitación, se levantaron compañías por vecinos de los pueblos fronterizos, que veían en este modelo la única forma de defenderse de los contínuos ataques que realizaban los Montados de Zarza. Se las llamó Companhias de Moradores e Pilhantes, las cuáles, en más de una ocasión, recorrieron los campos zarceños, infligiendo duros revéses a los paisanos y jinetes locales.
Pero la tradicción popular deja a un lado ese recuerdo negativo. Se prefiere la imagen triunfal y mítica, como firme prueba de los años dorados de la villa de Zarza.
No en vano, en tiempos de sus hazañas, se escribió un extenso manuscrito << Empressas militares que los valerosos zarçeños gloriossamente han adquirido de los portugveses confinantes, opvestos a Castilla, desde el año de 1640 >>.

Realidad y leyenda.
 
 
IMAGEN: un oficial de caballería de mediado el XVII. Documentos que narran las peripecias militares de La Compañía de Montados de La Zarza.

 

sábado, 20 de junio de 2015

Salvaterra do Extremo, el objetivo deseado



<<..esta situada sobre [...] frontera de lazarça de Alcantara [...] començada afortificar a lo moderno [...] cuure el campo quellaman de las Erañas, granero de Portugal, conque sera daño consideraule para los portvgveses si lapierden...>>

Con las anteriores palabras era descrita, a finales del año 1646, la villa de Salvaterra do Extremo, según el parecer del conde de Fuensaldaña, por entonces máxima autoridad del Real Ejército de Extremadura.

Plaza fuerte portuguesa, con <<... o castelo, que está fundado sóbre o rio Elges, em um penhasco por dois lados inacessivel...>>

Llave de gran parte de la provincia de Beira. Cuartel para grueso número de tropas, que desde aquí entraban en tierra extremeña al intento de realizar escaramuzas.

Motivo por el cual, no cabe duda, siempre fue un objetivo militar muy deseado. Destruir aquel <<...nido de reueldes...>>, un plan varias veces diseñado y nunca puesto en práctica.

Ahora sí. Llegó don Alonso Pérez de Vivero y los deseos se convirtieron en realidad.

Francisco de Mascarenhas, conde de Serem, lider de la defensa lusitana beirense, un buen día del mes de octubre de citado año, comunicaba, por vía de urgencia <<...haver o inimigo escalado ao luguar, mas intentar o sitio ao castello...>>

Se había producido el esperadísimo ataque de los castellanos; y la villa de Salvaterra, tomada y saqueda; pero el fortín roquero aún se mantenía libre porque <<...a bataria do inimigo nao poder ser de grossa artilharia [...] e con ella deste genero, inda que incomode os parapeitos nunqua poderá fazer ruina que occasione brecha...>>

Durante cuatro jornadas de intensa lucha, se defendieron con valor los salvaterranos. Junto a ellos, un puñado de soldados procedentes de pueblos comarcanos, y algunos otros que tuvieron la suerte de llegar a tiempo desde Elvas.

Fuera de las murallas, varios cientos de hombres, militares y civiles, bajo la atenta mirada de cabos y oficiales, queriendo penetrar en el recinto fortificado, que se alzaba en la cima de la montaña.

Ni petardos, ni bombas, ni mantas incendiarias, ni ningún otro pertrecho de guerra. Nada pudo abrir la férrea puerta del castillo y sus muros defensivos.

Volvía a informar Serem <<...o inimigo tanto que soube que o socorro era cheguado procurou abreviar e reduzir as escalas, e procurou escapar, e he certo que foi grande perda de gente...>>

Los mismos que atacaron, fueron muy críticos con el desenlace de su intentona <<...pareció más açertado no esperar alli el socorro q ajvstauam los reueldes, y asi se retiró poniendo fuego a la Vª, no sin murmuración aun delos mismos soldados, que todos jvzgaban la empresa por concluida con dos dias mas de asiftençia.....>>.
 
Una vez más los deseos no fraguaron, y Salvaterra do Extremo pudo respirar aliviada.

Mantenía intacto su poder. Seguía siendo la vanguardia de aquella parte de la frontera. Pero quedaba mucho aún para cantar victoria. Veintidos años de lucha por delante. El destino guardaba, celoso, nuevas sorpresas. 
 
En la imagen: panorámica aérea de Salvaterra do Extremo, y diseño de la villa y su castillo en el siglo XVII.
 
 

domingo, 7 de junio de 2015

Guerra en la frontera mirobrigense

La Guerra da Restauraçao de Portugal fue atípica.
 
Apenas se dieron ocasiones que puedan calificarse de batallas, entendiendo por ello la confrontación armada de dos ejércitos formados por gran cantidad de soldados.
 
Por norma, esta guerra se caracterizó por otro tipo de enfrentamiento, comunmente denominado escaramuza, o, de otro modo, ataques rápidos encaminados hacia un objetivo concreto.
 
Factores como la escasez de medios militares (hombres y pertrechos) fue motivo de que esa forma de hacer la guerra predominase sobre la clásica batalla. También la orografía del terreno fue excusa válida pues, tanto jefes como subordinados, preferían un combate a menor escala, mejor adecuado a un diseño geográfico dominado por cerros y montañas. Y, por último, el mayor grado de beneficio que podía obtenerse, exponiendo un riesgo relativamente mínimo, pues la lucha en campo abierto siempre era más peligrosa que la desarrollada en tierra abrupta.
 
Con tales razonamientos, se comprende que, desde el comienzo del conflicto, las entradas/escaramuzas estuvieran al orden del día, sucediéndose en cualquier punto de la frontera hispanoportuguesa.

Los informes que llegaban a Madrid dan fé de esta masiva preferencia militar. En una gran mayoría de las cartas figura como protagonista la "" guerra pequeña "".

Semejante modalidad guerrera, sólo perdió algo de interés en la etapa final del conflicto (1660-1665), tiempo en que las verdaderas batallas, movilizando enormes contigentes de soldados, hicieron mayor acto de presencia : Ameixial, 1663; Castel Rodrigo, 1664; Montes Claros, 1665.
 
Nos servimos de un año concreto como ejemplo, para conocer mejor el desarrollo de aquellas escaramuzas. Viajemos hasta 1642.
 
Como los dos antecedentes, y muchos otros que estaban aún por venir, ese año fue muy pródigo en sucesos militares, dónde el pillaje, como era costumbre, siempre primaba sobre otras metas. Así, las pretensiones no eran conquistar pueblos y aldeas, sino obtener un cuantioso botín, el cual se repartiría posteriormente entre todos los implicados en el ataque, atendiendo, como es lógico, a su categoría dentro del estamento militar.
 
Si bien el núcleo de la guerra se libraba en Badajoz y su territorio, también otros puntos de la frontera fueron escenario de enfrentamientos entre ambos bandos litigantes.
 
Al norte, fuera de los límites de Extremadura, la plaza de Ciudad Rodrigo se erigió en cuartel militar para el ejército castellano que defendía aquella comarca, gobernada por el duque de Alba.

Frente a esta demarcación estaba otra, la del portugués, en la zona llamada Ribacoa, que tenía como base la villa fortificada de Almeida.
 
Con el pretexto de evitar que los lusitanos concentrarán el grueso de sus fuerzas en un único distrito fronterizo, dispusó el de Alba realizar una entrada (digamos "escaramuza") que llamase la atención de los enemigos, minorizando así la presión que se ejercía, mayoritariamente, sobre la frontera pacense.
 
Responsabilizó del éxito de la misión a sus dos mejores oficiales: Juan Suárez de Alarcón, más conocido por su noble título de Conde de Torresvedras, y Alvaro de Vivero, mano derecha principal del Duque.
 
Liderando 1.200 soldados de a pie y 500 jinetes, se pusieron en camino ambos comandantes el día 17 de octubre.
 
Cruzaron la frontera por los vados situados junto a la localidad de San Felices de los Gallegos, encontrándose, frente a su posición, una vasta campiña cuajada de alquerias, aldeas y villas que, desconociendo el peligro que sobre ellas se cernía, tenían sus campos, ganados y haciendas totalmente descuidadas. Sin duda un inmejorable botín para los castellanos.
 
Comenzó la escaramuza sin hallar oposición. Dividióse al efecto en dos grupos el ejército invasor. Uno atacó la banda derecha, y el restante la izquierda.
 
Escarigo, lugar de apenas 200 vecinos y con sólo un retén de 60 soldados, fue el primero en conocer la rapiña de los hombres comandados por el Marqués de Creche, comisario general de la caballería castellana. Del incendio se salvó únicamente la iglesia.
 
Siguieron la estela de Escarigo las villas de Vermiosa, Almofala, Colmeal y Torre dos Frades. En esta última hicieron noche para descansar y reponer fuerzas la gente de Torresvedras y Vivero.
 
A la mañana siguiente, 18 de octubre, continuó la cabalgada, saqueándose el poblado llamado Mata de Lobos.
 
Horas más tarde, hacia el mediodía, la tropa invasora se presentaba ante las puertas de Escalhao, sin equivoco la población más importante y rica de cuantas habían hallado en su avance.
 
Toda la vecindad (más de 600 personas), estaba recogida en la iglesia, convertida en una auténtica fortaleza. Fue responsable de la defensa de la misma el sargento Joao da Silva Freio.
 
Soportaron el asedio durante largo tiempo.
 
Cuenta la tradicción escalonense que un hombre del lugar, de nombre Janeirinho, armado de valor y coraje, enfrentándose a un capitán que pretendía entrar en el reducto religioso, logró acabar con la vida del agresor, a la vez que gritaba, enardecido <<… Viva o Janeiro com a sua porra…>>.
 
Leyendas aparte, lo cierto, según los documentos conservados, es que los castellanos, viendo la imposibilidad de tomar la iglesia y faltándoles munición y víveres para seguir su correría, optaron por finalizarla, regresando aquella misma tarde a sus cuarteles de Ciudad Rodrigo.
 
Consigo llevaron muchas cabezas de ganado, gran bulto de ropa, utensilios varios, y otras menudencias que la soldada obtuvo en los saqueos de los pueblos atacados.

Así fue y así terminó una de las muchas acciones de guerra (escaramuzas) que tuvieron como escenario a la frontera extremeño-portuguesa.
 
Era sólo el segundo año de conflicto, y quedaban aun por cumplirse veintiséis campañas más.

IMAGEN: página inicial de la<< Relaçion de la entrada qe hiçieron em Portugal al enemigo el conde torres Vedras ca pitan general de la caualleria del exerçito de Civdad Rodrigo y Don Aluaro de Viuero, voz del exmº Duque de Alua, generalisimo del dho exerçito >>