lunes, 5 de diciembre de 2016

Las telas de la discordia

   Fue a mediados del siglo XVIII.
   Por aquel entonces la villa de Zarza la Mayor gozaba del reconocimiento general.
  Habíase instalado en ella un proyecto fabril de enorme interés: la manufacturación de tejidos, especialmente los confeccionados con hilos de seda.
   Los telares tenían gran actividad, dando trabajo no sólo a los vecinos de la localidad, sino también a un numeroso grupo de artesanos textiles procedentes de distintos puntos de la geografía penínsular. Y, puede decirse que quien no laboraba de forma directa con las telas, lo hacía indirectamente, proporcionando material y servicios a la masa obrera de la fábrica. En definitiva, la mayor parte de la sociedad zarceña vivía a expensas de aquel producto ilustrado que se denominaba Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura.
   Su historia particular comenzó años antes, casí a comienzos de la centuria, una vez que los fatídicos tiempos de la Guerra de Sucesión quedaron atrás, y los zarceños se afanaron en devolver la grandeza a sus hogares y pueblo común.
  Zarza había sido destruída por el ejércio enemigo durante el mes de mayo de 1705, por cuya causa estuvo deshabitada hasta 1713, cuando sus antiguos moradores empezaron a regresar para levantar de nuevo lo que antaño les había sido arrebatado por el ímpetú violento de la guerra.
  Bastaron pocas anualidades para que se notará el progresivo avance a mejor. Las gentes, aprovechando su cercanía a Portugal, y los buenos tratos que desde siempre habían mantenido con los lusos, crearon un incipiente intercambio de mercancías, dando lugar a que, para canalizar todos sus beneficios en pro de la Hacienda Pública, se ubicará una Real Aduana en la villa. Oficina de control, receptora de grandes cantidades económicas procedentes de los impuestos que se cobraban a las mercancías que transitaban de un lado a otro de la frontera zarceña con Portugal.
  Así, en el año 1720, el producto total de las rentas generadas por la Aduana se valoró en 718.283 maravedíes; y en 1740 se incrementó hasta alcanzar 1.194.380 maravedies. Sólo había un puesto fronterizo capaz de generar mayor saldo: el situado en Badajoz.
  Las autoridades pronto vieron la necesidad de aprovechar semejante filón. Y fue un grupo de mercaderes zarceños, precisamente los mismos que habían logrado aquel milagro financiero, los impulsores del proyecto que, más tarde, se materializaría en la fundación de la citada Real Compañía de Comercio.
  Concedidas las oportunas Ordenanzas y Privilegios para su establecimiento y administración, fue durante el mes de mayo de 1749 cuando se inicio la vida de tan prestigiosa entidad fabril.
   Zarza la Mayor conoció entonces un resurgir aún mayor del que ya venía notándose. Comenzaron a llegar personas en busca de trabajo, y otras tantas a ofrecer sus servicios a los nuevos empleados de la Real Compañía. Los censos demográficos crecieron notablemente. Hasta en los hogares más numerosos, no había miembro que conociera la inestabilidad laboral.
   Un tiempo que dibujaba un futuro esperanzador.
  Pero era un proyecto industrial con visos de modernidad, que rapidamente choco con las tradicciones seculares de buena parte de la población. A pesar de contar con muchos apoyos, incluso desde las altas esferas, como el caso del soberano matrimonio Fernando VI & Bárbara de Braganza, también existía una enorme masa vecinal que no vio con buenos ojos los cambios que traía consigo el proyecto empresarial.
   Acatar sus órdenes y formas de administración, significaba para muchos dar un paso atrás en sus aspiraciones particulares, las cuales habían ido viento en popa hasta poco antes de que los manufactureros textiles se instalaran en el pueblo. Comerciar estaba bien, pero ellos preferían hacerlo a la usanza antigua: con pequeños tratos, en grupos reducidos de comerciantes, dónde el tráfico legal de mercancías convivía sin apenas miedo con los deslices ilegales de productos. Eso era lo fundamental, lo que a ellos les había proporcionado su status y riqueza, lejos de los grandes contratos y produciones fabriles, siempre bajo férreo control del gobierno estatal.
  El contrabando, el meollo de la cuestión.
  Pero también la falta de preparación, de logística, de buenas prácticas, de visión empresarial, de futuro emprendedor, de mirar por el bien común.
  Y por ahí comenzaron a deshilarse aquellos dorados tejidos que, durante unos años, habían venido aportando nuevos aires a Zarza la Mayor y sus habitantes.
  Unos no querían que aquello fuera a más y prosperase; otros que, teniendo responsabilidades para que fuera un éxito, no supieron, o no quisieron, colaborar para cumplir tan loable objetivo; y un reducido grupo que, con artimañas, tejió el mal que, finalmente, dio al traste con todos los sueños.
  Ladrones, cuatreros, contrabandistas, gentes oscuras dedicadas a sus empeños personales, fueron la base que hizo caer todo el edificio empresarial.
  Desviando mercancias al control aduanero y de los propios administradores de la Real Compañía, colaron los números rojos en las cuentas anuales que se debían rendir a los asociados de la fábrica textil. Surgieron las protestas, y de ahí un paso a las investigaciones. Se descubrieron entonces muchos errores. Algunos inocentes, pero otros lo suficientemente calculados. La bomba de relojería explotó ante la incredulidad de aquellos que soñaban con que la fábrica sería el pilar para el futuro de sus familias, descendientes y, en general, el beneficio y crecimiento del pueblo.
  Poco más de diez años duró aquella fantasía. Unos lo celebraron a lo grande pues, no en vano, con la caída del gigante se aseguraban su forma de vivir la vida; otros lloraron a escondidas la oportunidad perdida de poder cambiar y progresar.
  Contrabando, mala administración, intereses ocultos. Toda una tupida red negativa.
  Hoy nos queda el recuerdo de algunos edificíos y lugares que antaño fueron centros de vida y actividad; y un voluminoso montón de papeles viejos, amarillentos, dónde la pena de unos y la alegría de otros quedo marcada para la eternidad.

martes, 11 de octubre de 2016

De papeles y héroes olvidados

   El año 1928 fue muy interesante en la vida sociocultural zarceña. Entre otras muchas de las actividades que se celebraron, cabe destacar la publicación de la primera monografía, rescatando datos sobre el pasado local. Llevaba por título Zarza la Mayor: Impresiones y recuerdos, siendo sus autores don Antonio del Solar y Taboada, y don Marcelo López de Alba, dos personajes clave de la sociedad zarceña de comienzos del siglo XX: el primero, uno de los grandes propietarios; y el segundo, miembro del clero. Ambos, eruditos locales, el arquetipo intelectual de aquellos tiempos.
    Trabajo de cortas aspiraciones, si bien imbuido del espíritu regeneracionista que tanto éxito tenía entonces. Escaso de crítica, dejándose llevar numerosas veces por antiguos cronicones, valorando más lo etnográfico que lo histórico..., enfin, son varias las particularidades que podríamos exponer acerca de aquel librito. En cualquier caso, una obra que sentó precedente, convirtiéndose en un mito para las generaciones futuras, sobre todo porque hubo de transcurrir un largo periodo de tiempo para ver aparecer en el mercado una nueva referencía bibliográfica. Hasta el año 1996.
    Dejando atrás la revisión del texto y sus formas, sí es destacable que para la redacción del mismo, tuvieron sus autores la oportunidad de consultar documentos que actualmente han desaparecido o cuyo paradero es desconocido. Con el buen tino de transcribir alguno para que formará parte de un curioso Apéndice Documental, tenemos la fortuna de acceder hoy a parte de esos interesantes papeles. Sin duda, el logro principal del tandem Solar/López. Pero no fueron todos los que corrieron aquella loable elección.
    Según lo anterior, es una enorme suerte que, de tiempo en tiempo, un ejemplar solitario de esos olvidados legajos salga a la luz. Merecido premio a una búsqueda intensa. Unas veces custodiado en el rincón más oscuro y apartado del viejo archivo; otras, al final de un estante de biblioteca en continuo desuso; y, curiosamente, las más de las ocasiones, apareciendo en domicilios particulares a dónde, quién sabe cómo y cuando llegaron en su día, abandonando al resto de compañeros.
    A un caso concreto de hallazgo hemos tenido ocasión de ser testigos. Renacimiento. << Esos papeles perdidos >> Documento que se presenta en esta entrada.
    Fechado a 24 de febrero de 1824,  fue transcrito por don Antonio y don Marcelo, insertándolo en el Apéndice nº 3 del libro referenciado, pp. 93-94.
    Memorial firmado por varios zarceños, la gran mayoría solteros, quienes habían participado como soldados en la Guerra de la Independencia, formando parte de los batallones de voluntarios que lucharon contra el invasor francés.
   Finalizada la contienda, algunos años después se quiso premiar a aquellos esforzados patriotas, asegurándoles el poder adquirir tierras que, hasta entonces, habían pertenecido al común de la villa.
   El hambre de terrenos agrícolas era ya una realidad muy evidente por aquellos años de comienzos del siglo XIX, así que la oportunidad que brindaba el Estado a los militares veteranos, fue rápidamente aprovechada por éstos, aparte de otro numeroso grupo de vecinos, que también tenían derecho al reparto.
   Los terrenos que se sacaron a sorteo fueron, principalmente, los que se hallaban en la zona llamaba El Barrero, así como un pedazo de tierra concejil labrantía cercano al popular paraje de la Cruz de Salvatierra.
   Como indica el documento, gracias a las firmas estampadas, conocemos los nombres de muchos de aquellos zarceños que lograron sus propósitos. Apellidos que, en buena parte, aún se conservan actualmente; en cambio otros han desaparecido.
   Removiendo papeles y cotejando unos con otros, hemos conseguido identificar a casi todos ellos, poniéndolos en relación, siguiendo la genealogía, con familias que hoy residen en Zarza la Mayor.
   La fotografía refleja el trabajo investigador realizado. Nos ofrece copia del documento transcrito. Pero también incluye imagen del original.
   Y, para los curiosos, en cuanto a los nombres, aquí van tan sólo algunos, debidamente comprobados y con su grafía completa. Quizás haya quien se reconozca.

  Cosme Victorio Damián Soto Cotanda; Antonio de Quiroga y Soler; Higinio Montero Gutiérrez; Juan José Méndez Morán; Pedro Elías Prieto Carretero; Valeriano Blas Caro Pérez; Tomás José Moreno Hernández; Casimiro Benigno Alfonso Caldera; Eugenio José Pérez Dotor “el Colombo”; Juan Bofill y Bofill.
 
 

sábado, 6 de agosto de 2016

Guerra de papel

  
   Son ya muchos los documentos que, mediante diferentes entradas de este blog, hemos venido presentando, todos directamente relacionados con la denominada Guerra da Restauraçao, la cual, desde 1640 hasta 1668, tuvo en constante vilo a la frontera de España con Portugal, y de forma muy especial a los territorios que comprenden las actuales provincias de Badajoz, Cáceres y Salamanca.
   Un conflicto bélico que cada vez llama más la atención de los investigadores, y buena prueba de ello es el aumento de publicaciones que se refieren, bien parcialmente o en un todo, a ese importantísimo periodo de la historia para las dos naciones peninsulares.
   Estudios que abarcan un sinfin de aspectos, tratando de ofrecer información desde puntos de vista distintos. Curiosamente, el tema militar parece el menos investigado; en cambio, se ha puesto mayor énfasis en asuntos como la diplomacia y la situación política que deparó dicha guerra.
   Por fortuna ese vacio se está comenzando a ocupar, y son frecuentes los trabajos que intentan dar luz al ámbito propiamente bélico.
   Desde aquella magna obra del conde de Ericeira, Historia de Portugal Restaurado, publicada por vez primera en 1679, y que resulta ser un compedio de toda la guerra observada desde el lado portugués, han ido llegando, poco a poco nuevas referencias bibliográficas. Una visión de conjunto y objetiva de lo sucedido a lo largo de aquellos veintiocho años.
   Ultimamente hemos visto en el mercado editorial un repunte de publicaciones centradas en la Restauraçao lusitana, y a diferencia de lo que venía siendo pauta, en esta ocasión han gozado de mayor interés aspectos como el alojamiento de tropas, o el que versa acerca de las fortificaciones. Recordar que ambos ha sido tratados en nuestro blog.
   Queremos sumarnos a esta renovada tendencia investigadora, y para empezar vamos a hacerlo señalando algunas fuentes documentales que nos han servido para la redacción de las entradas a que haciamos referencia.
   La mayoría con la particularidad de ser inéditas, procedentes de archivos y bibliotecas, dónde habían permanecido ocultas hasta el momento de nuestra consulta y publicación.
   Reuniendo ambas colecciones, podemos decir que se cuenta ya con un valioso aparato documental para conocer mejor lo sucedido.
   Aquí quedan, por tanto, como breve muestra, referencias para el curioso interesado en la materia.
 
BIBLIOGRAFIA
  • El Real ejército de Extremadura durante la Guerra de la Restauración de Portugal
  • O Combatente durante a Guerra da Restauraçao
  • Apuntes para la historia militar de Extremadura
  • A Guerra da Restauraçao no Baixo Alentejo
  • Restauraçao
  • Cartas e outros documentos da época da Guerra da Aclamaçao
  • The Portuguese Revolution
  • A Restauraçao portuguesa de 1640
  • Cartas dos governadores da provincia da Alentejo a el rey d. Joao IV
  • Las fortificaciones de Badajoz durante la Guerra de la Restauración de Portugal
  • Linhas de Elvas
  • La Guerra de Restauración portuguesa en la Sierra de Aroche
  • A cavalaria na guerra da Restauraçao
  • La rebelión de Portugal. Guerra, conflicto y poderes
  • El gobierno militar en los ejércitos de Felipe IV. El marqués de Leganés
  • Ajuda, último puente fortaleza de Europa
  • El convento de la Santísima Trinidad y el baluarte de la Trinidad, en Badajoz
  • Palmas y Ajuda, dos puentes rivales en el Guadiana fronterizo
  • La Baja Extremadura durante la Guerra de Restauración de Portugal
  • La frontera atacada, la frontera defendida.
  • Guerra de separación de Portugal. El asedio a Badajoz de 1658
  • A provinçia da Beira no contexto da Guerra da Restauraçao
  • Fortificación y guerra en el sureste de Badajoz
  • El Atlas Medici de Lorenzo Possi
  • Fortificaciçon y guerra en una villa rayana. Ouguela durante la Guerra da Restauraçao
  • A batalha de Castelo Rodrigo


     
FUENTES DE ARCHIVO
     
  • Relaçam da entrada que o general Martim Affonso de Mello fez na villa de Valverde
  • Relacion verdadera de lo que sucedio en veintiseis de mayo, en el reencuentro que tuvieron las armas con las del rebelde de Portugal en la campaña de Montijo
  • Relacion verdadera de los sucesos de las armas entre Portugal y Castilla
  • Descripçao geral de tuda a fronteira entre Espanha e reino de Portugal
  • Informes del duque de San Germán, general del Real Ejército de Extremadura
  • Relación del número de oficiales y soldados que forman en los Tercios del ejército
  • Relación de todo lo que a obrado el exercito de Estremadura por las partes de Portugal rebelado
 

 
 
 
 
 
 
 

domingo, 3 de julio de 2016

Velando armas

<<...Año de 1641. Rebelado Portugal por los fines del año antecedente, se imbiaron luego diferentes personajes a la frontª, como en tiempo de Felipe 2º, pª q cada uno en su distrito armase la gente necesª, fortificase los pvestos mas a proposito, y dispusiese todo lo demas que se reqeria para la offensa y defensa. Señalose a cada Gral un ministro togado, q con tlº de superintendente de la Justª. le asistiese en el manejo, y exon de lo que tocaba a su profesion. El Conde de Oñate y Vª Mediana fue el prº q en esta forma baxo a Estremª, hizo su asiento en Albuquerqe, y era su distrito desde aquella plaça hasta Sierra de Gata. Asistiole d. Jª de santiliçes, entonçes del Consº de Yndias ....>>.

   Pocas palabras pueden añadirse al párrafo anterior, pues bien resume el modo en que se estableció la defensa de la franja fronteriza con Portugal, que actualmente se corresponde con el occidente de la provincia de Cáceres.
   El cuartel principal de mando de esa demarcación se ubicó en la villa de Alburquerque; pero era un distrito demasiado amplio para disponer de tan sólo un eje aglutinador. Así, compartió titularidad con la plaza de Alcántara, desde dónde se controlaban con mayor precisión las poblaciones situadas al norte del río Tajo, en tanto que las del sur dependían directamente de la sede alburqueña.
   Y en Alburquerque, tal como nos lo recuerda el texto, afincó aquel que fue designado para dirigir todo el distrito: don Iñigo Vélez de Guevara y Tasis, conde de Oñate y Villamediana.
   Prosiguen después dichas líneas diciendo que el gobernador político-militar conto con la ayuda de un eficiente funcionario, Juan de Santilices. Cierto. Entre ambos se dedicaron, casi toda la anualidad de 1641, a coordinar las tareas de defensa de un territorio que, por entonces, presentaba graves carencias para afrontar una incipiente guerra contra la vecina nación portuguesa.
   Mucho trabajo tenían por delante Oñate y Santilices. No debían demorarse, y nada más hacer asiento de sus respectivos cargos, trazaron planes. Lo primero, conocer el estado real de la situación para, con los datos correctos, analizarlos y comenzar a planificar lo que era necesario al objeto de fortalecer tan vasta extensión fronteriza.
   Recorrieron todas la poblaciones que quedaban bajo su responsabilidad; se entrevistaron con todos aquellos personajes que podían ofrecer colaboración; emitieron órdenes para reclutar hombres hábiles para el manejo de las armas; requisaron, compraron, y repartieron todo tipo de pertrechos y otros utensilios bélicos; se recolectó lo mejor de los campos y huertas de siembra para llenar los almacenes de avituallamiento; se mejoraron los sistemas defensivos de muchos pueblos, bien reconstruyendo lo existente o haciendo nuevos baluartes y fortines..., etcetcetc. Una tarea dantesca.
   De todo ello queda hoy abundante testimonio. Por un lado un numeroso grupo de documentos; de otro, los propios restos de aquellos edificios que, en su tiempo, sirvieron para guarnecer a los habitantes del distrito rayano. Y también lo que, como un tesoro, conserva la memoria popular.
   Tomando notas de esos papeles, piedra y acervo cultural, sabemos, por ejemplo, cual era la naturaleza de plazas tan importantes como las referidas Alburquerque y Alcántara, de quienes dependía gran parte de la seguridad del resto de las comarcas que encabezaban.
   En esta última, con un castillo prácticamente derruido, la posición fuerte de sus vecinos era el famoso puente levando sobre el Tajo. Obra, entre otros curiosos aspectos, de enorme longitud <<...donde una posta tiro con una escopeta y vala rasa de un lado a otro a un blanco y alcanzo la vala...>>. Pero, sin embargo, la guarnición militar era escasa, y apenas dueña de armas para todos sus integrantes. Un primer punto a corregir.
   Alburquerque mejoraba las expectativas, siendo población de gente <<...velicossa y inquieta, enseñada ahazer grandes exçessos...>>, lo que, sí en parte beneficiaba en pro del espíritu guerrero, en parte perjudicaba: vigilar a los díscolos e indisciplinados era misión complicada. La fortificación alburquense ofrecía un aspecto más saludable, con muralla entera, asomada a un despeñadero casí insalvable para frenar ataques de hipotéticos enemigos.
   Los informes continuan hablando: Valencia de Alcántara, que trabajaba en su línea de murallas para cerrar parte del caserio, hasta entonces indefenso en el extrarradio; Brozas, lugar grande, pero abierto, con un palacete no muy seguro; Trujillo, bien fundada y protegida; Cáceres, cuyo ayuntamiento había acordado levantar algunas torres de vigilancia en derredor de la ciudad; La Codosera, pequeña aldea en la misma frontera con los rebeldes lusos, necesitada de soldados que cubriesen su flanco; Azagala y Piedrabuena, castillos medievales acondicionados ahora para la guerra que estaba comenzando; villa de La Zarza, bastión indispensable para la defensa de Coria y Sierra de Gata...., y así una amplia nómina de localidades, cada una con sus características, positivas y negativas, valorándose la forma de aprovecharlas de la mejor manera en bien común.
   De enero a junio de 1641 fueron pasando los días y los meses. Llegado el caluroso verano, comenzaron las hostilidades. Pequeños devaneos, escaramuzas de mínima consideración, pero que sí fueron poniendo a prueba los recursos defensivos que hasta ese momento Oñate y Santilices habían organizado.
   Al otro lado, Alvaro de Abranches e Cámara dirigía los asuntos defensivos de la provincia de Beira. Como hicieron los castellanos, también en Portugal designaron dos puntos de interés: Almeida y Penhamacor. Con mayor responsabilidad la primera, aunque el tiempo obligó a compartir su lugar de vanguardia con la segunda.
   Reclutas, acopio de material militar, recomposición de fortificaciones, fueron tareas similares en uno u otro lado de la frontera. Y los Informes vuelven a recordárnoslo.
   Pronto iremos desgranando, folio a folio, ese rico archivo documental que guarda celosa la raya beirense-cacereña. Mientras tanto, cuales soldados de primera línea, oteamos el horizonte y, con los cinco sentidos en alerta, quedamos velando armas.

domingo, 5 de junio de 2016

Caminando sobre el estómago

    Lo decía un conocidísimo general del siglo XIX, pero aquella máxima bien puede ser válida para cualquier época de la historia militar. Por ejemplo, en la Extremadura de mediados el XVII.
    Por entonces la Guerra da Restauracáo portuguesa estaba en su apogeo, y la región extremeña se había convertido en receptora de una ingente cantidad de soldados que integraban el denominado Real Ejército de Extremadura, formado por la corona de los Austrias para volver a reintegrar en sus dominios a los rebeldes lusitanos.
    Cada aldea, cada pueblo, cada villa, cada ciudad eran un cuartel enorme de tropas. Sus vecinos convivían con la soldada, caballería, tren artillero, y todo el resto de pertrechos militares de una forma natural, si bien no faltaron accidentes extraordinarios, fruto de un ambiente cada vez más hostil y complicado. La guerra se iba alargando demasiado, y eso se notaba en las relaciones entre civiles y combatientes.
    Una de las causas que propiciaban los desencuentros fue la falta de alimento.
    Obligados a servir en el oficio de las armas, muchos hombres eran reclutados en lugares fuera de la provincia extremeña y, una vez en sus cuarteles de destino, supuestamente debían recibir un sueldo para mantenerse. Dinero que, por diversas circunstancias, en una guerra de segundo nivel en las prioridades de los Austrias, era siempre muy escaso, y el poco que llegaba apenas daba para socorrer a las tropas, dedicándolo a otros menesteres. De tal modo esto se repetía, que los soldados, especialmente los foráneos, sin la prometida paga, se veían en una situación difícil de supervivencia, abocados a unas condiciones calamitosas.
    Carecer de moneda para adquirir alimento, bebida o cualquier otra necesidad, les empujaba a buscar sustento usando medios nada honrosos, tales como el robo. Y, en última instancia, eran numerosos los que optaban por desertar, regresando a sus pueblos de origen.
    Los altos jefes pronto entendieron aquel mal que se propagaba entre sus subordinados, y pusieron en marcha sistemas con el fin de evitar los indecorosos usos y el debilitamiento de la tropa.
    Estaba claro que encontrar dinero era muy difícil, por lo tanto había que equilibrar la falta con otro tipo de recompensas. Y fueron los habitantes de Extremadura sobre los que recayó la responsabilidad.
    Ante la inexistencia de edifícios para albergar a la soldada, ésta fue alojada en los hogares de los propios vecinos quienes, al mismo tiempo, hubieron de alimentar al militar que les tocaba acoger, e incluso al caballo, en caso de que fuera soldado montado.
    Las familias extremeñas, cuya situación ya era de por sí lamentable, notaron esta pesada carga. Muchos buscaron privilegios para no alojar y, aquellos otros que no podían excusarse, con el tiempo se veían imposibilitados para seguir manteniendo a sus obligados huéspedes. Era entonces cuando surgían los problemas, pues el militar exigía cuchara, plato, fuego para calentarse, cama para descansar, y sustento para su cabalgadura.
    Cientos de quejas se amontonaban en la mesa de los altos mandos. La vecindad, harta de los excesos de los soldados; y los soldados, sin paga y sin alimento, abocados a la rapiña y violencia para sobrevivir.
    Y enfrente un enemigo que se deleitaba con semejantes asuntos, pues veía en ellos un apoyo a sus intereses. Sin duda un ejército castellano indisciplinado era menos poderoso, y más fácil de batir.
    A paliar la cuestión se presupuestaron diferentes modelos. Hubo uno que resultó ser el que mejor fruto rentaba: entregar el abastecimiento a personas particulares, dado que la administración se mostraba incapaz para gestionar tan fundamental materia. Y es que el suministro a cargo de los gobiernos incrementaba los gastos en perjuicio de la Real Hacienda.
   Los contratos firmados con aquellos que se ofrecían a hacerse cargo se denominaron Asientos, mediante el cual su responsable (el Asentista) se obligaba a entregar una concreta cantidad de alimento (raciones) al ejército durante un periodo de tiempo limitado, bajo unas condiciones ajustadas a la ocasión (fuera en tiempo de guerra viva, o cuando la tropa se recogía a invernar en sus cuarteles).
    Este modelo fue el comúnmente utilizado durante toda la Guerra contra Portugal, afectando a multitud de viandas, principalmente cereales (trigo y cebada); pero también a la carne, vino, y pescado.
    Con el trigo se elaboraba el llamado Pan de Munición, que era unas hogazas, de peso establecido previamente, entregadas a los soldados a diario, como base de su dieta alimenticia. Y con la cebada se procuraba forraje para las caballerías.
   Dado el tamaño creciente del ejército, únicamente podían asumir el control de su manuntención personajes de entidad o que, al menos, tuvieran el poder económico suficiente para iniciar trámites de acopiamiento de grano, posterior elaboración del pan, y, para terminar, su distribución en los lugares dónde se acuartelaba la tropa. En esencia, se trataba de un modelo capitalista. Y, en este sentido, surgieron clanes familiares especializados, que coparon toda la cadena desde principio a fin. Hablamos de las casas Siliceo y Aguilar.
   En Extremadura, durante los primeros compases de la guerra, el suministro del pan de munición fue responsabilidad del Estado; pero apenas transcurridos unos meses, enseguida se vió la necesidad de utilizar los Asientos para garantizar la manutención de los militares. Así lo declaraba el proveedor general:

   <<... y enquanto a asentar el Pan de Muniçion nos hauian dicho que se haçian assientos con Personas que se obligassen adar cantidad señalada de Raçiones cada dia, siendo esto lo mas combiniente para la Rl Haçienda ...>>

   A las pujas para quedarse con la obligación de suministrar alimento, se presentaron diferentes particulares. Pero fue la familia local pacense de los Siliceo la que logró hacerse con el reparto del pastel, sobre todo en lo que se refiere al abastecimiento de trigo y su consiguente Pan de Munición; para el caso de acopio de cebada y forraje, fue otro clan extremeño, el de los Aguilar, el mayor beneficiario.
   Una relación que perduró durante toda la guerra portuguesa, e incluso en fechas más tardías, síntoma de las jugosas rentas que obtuvierón de tal negocio los asentistas implicados, así como el beneficio que la Real Hacienda ganaba con este sistema.
    No estuvo exenta de dificultades. Más de una vez se produjeron denuncias sobre la pésima calidad del pan y cebada entregado (duro, de poco peso, menos raciones que las estipuladas por contrato..., etc.); en cualquier caso, el Asiento se fue renovando año tras año, con unas condiciones ajustadas a cada momento.
   La documentación conservada es enorme sobre esta materia, lo cual prueba la importancia que tuvo. Y es que, volviendo sobre la máxima con la que abriamos este capítulo, es de justicia reconocer que << un ejército siempre marcha sobre su estómago >>.

IMAGEN: recogida del cereal y posterior horneado del pan.

 
     

domingo, 1 de mayo de 2016

1644. In memoriam


           Aquel 18 de mayo del 1644, fue miércoles. Tiempos de guerra fatal para la memoria. La <<Restauraçao>> lusitana caminaba ya por su cuarto año, y en muchos lugares y pueblos de la raya divisoria se vislumbraban síntomas de cansancio entre sus habitantes, ante el rigor de una vida en continuo estado de alarma.

            Por términos de la fronteriza Zarza la Mayor, aquellas cuatro anualiadades habían sembrado odio y miedo. Y ahora comenzaban a ofrecer el amargo fruto de la venganza.
 
            El sol salió, como era costumbre, apretando sobre los campos zarceños, que sólo un día antes se habían teñido de rojo, bañados con la sangre de buen número de vecinos, caídos mortalmente tras sostener brutal combate mientras trataban de defenderse de un sorpresivo ataque portugués.

            Tan singular pelea se había iniciado al alba, y únicamente vino a termino con las postreras luces del atardecer.

            Los de la Zarza, gente valiente y esforzada, no se doblegaron al ímpetu acosador de los enemigos. Uniendo voluntades, lograron expulsar de la plaza al rival. Fue una jornada épica, cuyo relato, con el paso del tiempo, se tornaría en leyenda.

            Celebrando la dulce victoria, aplaudiendo a los héroes locales: Garrido, De Sande, Aguilar, López Dorado, y tantos otros, vivían los zarceños aquel mediodía, según glosaba el cantar <<... Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor... >>.

            La Plaza Mayor era un hervidero de alegrías, dónde cánticos, salves, y vivas se mezclaban con orgullo patrio local. Se contaban mil historias. Todos tenían algo que decir sobre lo ocurrido apenas veinticuatro horas antes.

            Como es sabido que el contento dura poco en casa del pobre, tan animado en su suerte andaba el paisanaje que, dados al bullicioso placer, perdieron la lógica en un instante.

            Bastó un sonido lejano, cuyo eco resonó atronador en el pueblo. Y de inmediato el caos. No hubo preguntas, solamente confusión, desorden y mucho, mucho temor.

            Las prisas se hicieron dueñas del escenario. Cada cual tomo el camino de su propia salvación.

            Aún así, en pleno desconcierto, todos confluían en un mismo lugar: la torre de la iglesia, el fortín irreductible. Allí seguro que estarían a salvo.

            Pero, hete aquí, que, cuándo más de media Zarza se recogía al interior del magnífico bastión, un leve chispazo, salido de quién sabe dónde, fue a detenerse junto a un rincón en el que se apilaban buena parte de los pertrechos militares. Nada menos que veinticinco arrobas de gruesa pólvora.

            Sin tiempo para reaccionar, aquello explotó como un gigantesco castillo de fuegos artificiales.

            ¡¡ Qué imagen tan cruel y sanguinolenta !! La clara luz del sol se tornó en oscuras tinieblas.

            Abatida desde su sólida base, la colosal torre se desplomó con suma facilidad en un abrir y cerrar de ojos, llevándose consigo a todos los zarceños que guarnecía en su panza. Niños, mujeres, ancianos los más. Las lenguas dijeron después, al contabilizar los muertos, que sobrepasaban las 350 personas.

            La misma plaza, dónde antes manaban risas y bailes, ahora se inundaba de lágrimas, cuitos y ayes. Un verdadero desastre.
 
            Sí. Aquel nefasto 18 de mayo fue miércoles. Y su huella aún perdura, imborrable, en la memoria histórica zarceña.

IMAGEN: restos de la desaparecida torre de la iglesia parroquial zarceña, que también servía de atalaya-vigía y almacén militar.
 

domingo, 3 de abril de 2016

Corriendo los campos; saqueando los pueblos


             La década de los años sesenta fue muy virulenta.

            Una guerra que había comenzado casi veinte años atrás, se tornaba ahora más peligrosa que en ningún otro momento del pasado.

            En las fronteras entre los dos reinos peninsulares se iba acumulando un gran número de soldados; cifras hasta entonces desconocidas.

            Liberado de otros frentes bélicos, el monarca castellano Felipe IV estaba en condiciones de reunir un potente ejército y situarlo en el único punto dónde aún persistían los problemas: Portugal.

            Y en Portugal, curiosamente, el paso de los años había dado ventaja para ir organizando a unas tropas en origen bisoñas, y en estos momentos mejor preparadas, y dirigidas, para resistir el ataque final de los felipistas.

            Se anunciaba una guerra de verdad. De las que suman a muchos soldados, mucha artillería, abundancia de pertrechos. Una guerra librada en campos de batalla reales, sin tapujos, cuerpo a cuerpo.

            A pesar de todo, el día a día para los habitantes de la frontera, tanto a un lado como a otro, no cambio en exceso respecto de lo que se había vivido en etapas precedentes.

            La pequeña guerra, la de las escaramuzas rápidas y devastadoras, no quedo apartada en los planes tácticos de ambos ejércitos litigantes.

            Era útil. Un modo de entrenamiento para los hombres de guerra; un modo de cansar al rival; un modo de divertir y entretener a los efectivos defensores de una determinada zona. Un modo de sacar máximo provecho exponiendo poco. En definitiva, un modo de vida para una gran mayoría, que veía en este modelo de guerrear un filón para sobrevivir, y también para medrar.

            Tierras ya muy yermas después de tantos años de lucha. Cierto. Pero que seguían ofreciendo un interés especial. En ellas siempre había algo que robar, que quemar, que destruir.

            Daba igual la zona elegida. La frontera al completo fue una llama intensa. Lo mismo al norte que al sur, o en el centro.

            Veamos.

            Abajo, lindando con la Andalucía, desde febrero las plazas fronterizas alentejanas estuvieron en alerta permanente ante la posibilidad de un ataque castellano.

            Dinis Melo de Castro, teniente general de caballería, gobernador interino de Moura, bien lo sabía, no dudando por ello en mejorar la guarnición de la villa con tres nuevas compañías de montados. Los avisos no engañaban <<...o inimigo intentaria por aquella parte alguna entrada...>>.

            Hubo de esperar poco para confirmarlo. El asistente de la milicia sevillana informaba a Madrid, en los comienzos de abril <<...yntentado haçer una correria en el Reino reuelde, yecho todas las preuençiones que enseña el arte de la gverra pª poderla lograrr con menos riesgo...>>.

            Subamos hacia arriba. En tierras de Badajoz, epicentro de la guerra, se ejecutan también los deseos de cabalgada.

            Ahora eran los propios portugueses quienes tomaban la iniciativa de pillaje. Por eso <<...ao rebate das atalaias montou en Badajoz o tenente-general D. Joao Pacheco com as companhias de cavalos da guarniçao daquella praça...>>.

            Ascendemos.

            Más ganas de correr los campos. Ahora en territorio alcantarino, dónde <<...acauo detener auisso que tres dias a fue el enemigo con 300 cavallos a recoger el ganado que pasta en aquellas campañas...>>.

            Se diluye la frontera extremeña. Persiste la guerra.

            Con idéntica tónica, el golpe más duro lo recibieron en la comarca de Ciudad Rodrigo. Por allí, después de quemar varias aldeas, Manuel Freire de Andrade <<...marchou a sete de Março a ganhar o castelo de Albergaria...>>. No iba sólo, pues se hizo acompañar <<...com quatro mil infantes pagos e quatro peças de artilharia, tres petardos e um morteiro...>>.

            Un plan militar muy preparado: si lograba ganar el puesto infligía severo daño a los mirobrigenses, ya que, en palabras del jefe de éstos, el castillo albergallo <<...nos hera de grande importancia para la quietud delos campos de Robledo y Agadones, assi como para la comunicacion delos puertos de Robledillo y Escargamaria [sic] y Sierra de Gata...>>.

            Decir que le fueron bien las cosas al portugués sabe a poco. Tras asolar la población se llevo, entre otras muchas cosas, aquellas que recoge una <<...Memoria delas muniçiones de gverra y bastimentos que entregue al almojarife del reuelde eldia que capitulo e se rindio el castillo de la albergurias..>>.

            Y más, y más, y más. Toda la tierra devastada.

            En fin, que, como decíamos al principio, con estas escaramuzas, entradas, correrías, cabalgadas, se inauguraba una década prodigiosa para la Guerra da Restauraçao.
 
            De los momentos grandes daremos cumplida cuenta en otro capítulo; mientras tanto quede aquí el recuerdo de la guerra monótona de cada día. Sí, esa que, a priori, queda lejos del campo de batalla principal, del ruido de los ejércitos gruesos; pero, no nos engañemos. Siempre cerca, demasiado, del dolor, el sufrimiento, y violencia de las armas.